
El silencio pesaba dentro del escondite de Ana Frank. Era necesario mantener el silencio para evitar que la escuchen las patrullas nazis que recorrían Amsterdam. Dentro de ese espacio el tiempo se deslizaba entre susurros y pasos medidos. Miep Gies apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos por un instante. Luego, con la bolsa de pan colgando de su brazo, tocó suavemente la puerta.
Por Infobae
—Miep, ¿sos vos? —La voz de Otto Frank llegaba apagada desde el otro lado.
—Sí. Tengo pan y papas.
La puerta se entreabrió, dejando entrever la silueta de Ana, que sonreía con timidez. Miep Gies le entregaba alimentos y también la contención de la familia que siempre estaba en alerta y epserando la posible irrupción de los nazis.
Fueron dos años de visitas clandestinas. De buscar comida sin levantar sospechas. De no delatar su propio temor. Ella, su esposo Jan y otros tres empleados de la empresa Opekta, arriesgaron sus vidas por los Frank y los otros escondidos.
Hasta el 4 de agosto de 1944, cuando los golpes en la puerta rompieron el frágil equilibrio. La Gestapo los había encontrado. Los Frank habían sido descubiertos y capturados. Entre ellos, la pequeña Ana, que había pasado de la niñez a la adolescencia metida en ese pozo conocido como “la casa de atrás”.
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