En el país, la democracia es una simple palabra vacía y desvencijada que no significa nada dentro de la institucionalidad del Estado, peor aún, ella misma es objeto de desprecio para una mayoría de estructuras de organización de cualquier tamaño y nivel.
De acuerdo al poder gobernante, la democracia existe nada más como una institución para un ritual burocrático, que se apuntala con parte del presupuesto nacional y una fachada descentralizada, con la sólida misión de amarrar las decisiones preestablecidas.
En el campo de la política partidista, la democracia y su “institución” se establecen como un peaje, para acceder a una posibilidad remota de un camino sin contratiempos en determinada carrera electoral. Carrera que si finaliza en “éxitos” sobre el abanderado, solo servirá ese espacio de gobierno tomado, para llenar sus alforjas, la de sus familiares y amigos.
Por si fuera ya poco, la población se apega a la democracia probablemente como hecho reivindicativo de mejoras económicas, que al ser pobremente satisfechas por algún lado, el valor de aquella desaparece. Se percibe que tener unos cuantos dólares en el bolsillo, significa la cúspide del éxito para una sociedad en pleno.
A menudo se habla de la alegría y solidaridad que ha caracterizado al venezolano, lo que sería sinónimo de su nacionalidad; pero luego de los acontecimientos, ¿dónde quedó la solidaridad? Si, aquella misma de sentir lo que están pasando sus conciudadanos y ponerse en su lugar; que a pesar de no poder hacer algo directamente por la cantidad de venezolanos que permanecen secuestrados o al borde del abismo, si debiera acongojar el alma.
La instrumentalización de la democracia, solo para servirse de ella y perpetuar sus intereses en vez de los de la población, dibuja el futuro más incierto posible. La falta de compromiso y la desconfianza generalizada, la priorización de ridículos y a veces inescrupulosos ambiciones individuales a cambio de cualquier cosa, dificultan la construcción de una sociedad de bienestar y por supuesto las transformaciones requeridas.
Al pensar fuera de las fronteras, de alguna manera, la diáspora debe servir para revertir esa erosionada solidaridad y ayudar a reparar las fracturas de tantos años de inflación, escasez, represión y delincuencia, a través de incentivos de reconstrucción en iniciativas locales. La presión bien integrada y definida de la sociedad democrática del mundo, sin menoscabo de los pocos recursos o a costa de más penurias de la población, es un punto de apoyo.
Con lo que se encuentre al alcance, la imaginación de nuevas instituciones en cualquier lugar y con la complejidad necesaria es una alternativa, en concordancia a una recomposición y construcción de ciudadanía tan rápido como sea posible, incluso desde dentro de los propios gremios, que puede presentar perspectivas muy diferentes para todos.
@abrahamsequeda
