León Sarcos: Mao Tse-Tung, la revolución permanente y la Gran Armonía - LaPatilla.com

León Sarcos: Mao Tse-Tung, la revolución permanente y la Gran Armonía

Todo radicalismo conduce necesariamente a la deshumanización y al olvido de lo otro y de los otros. 

Todo hombre tiene derecho a que solo se le combata lealmente. Chou En-lai

Estados Unidos se jacta de su sistema político, pero el presidente dice una cosa durante las elecciones, otra cuando asume el cargo, otra a mitad de mandato y otra cuando se va. Deng Xiaoping





Cuando, a mediados del siglo XVIII, los europeos vencieron a China en dos guerras sucesivas, los chinos siguieron viviendo convencidos de que nada en el mundo podía existir que fuera superior a ella, y que su civilización y su cultura eran las únicas dignas de la humanidad…

Para la historiadora de origen italiano, Enrica Collotti Pischel, la raíz de esta singular convicción civilizatoria, su asombrosa continuidad a pesar de todas las contingencias históricas, debemos buscarla en la estrecha unidad entre el pueblo y su tierra, en el mantenimiento de una comunidad aldeana basada en su trabajo permanente y sistemático de una tierra que necesitaba ser dominada, y que exigía ser puesta a producir por el ser humano mediante mano de obra muy numerosa y disciplinada.

Lograron muy temprano controlar el curso de las aguas, desecar los pantanos, recortaron terrazas en las montañas e hicieron de la azada su más preciado instrumento de trabajo; aunque, paradójicamente, el exceso de mano de obra hizo innecesario el desarrollo de la técnica, algo que contribuyó de manera determinante a la inamovilidad de la sociedad china.

Esta obra de milenaria transformación de la naturaleza, hecha prácticamente a mano, dio a los chinos los elementos esenciales de su fisonomía: En el carácter ‘‘coral’’ de las relaciones humanas, la capacidad de reunir muchos hombres para realizar un trabajo común, extrayendo el máximo beneficio  de la contribución de cada uno; la consciencia de pertenencia a un conjunto de hombres distintos al resto de la humanidad;  la voluntad de mantener la cohesión de la colectividad humana, en nombre de las exigencias de la vida, del trabajo y no por coacción externa; el profundo condicionamiento del individuo por la comunidad; la exaltación de la abnegación, la tenacidad y el autocontrol. Todos estos elementos fácilmente perceptibles en la cultura china, la fortalecen como civilización única y son consecuencias del empeño de transformar la naturaleza y volverla apta para servirla y servirse.

Ley vs ritual. Coacción exterior vs mandato interior

Solo aquellos que conocen la paz interior, pueden entregársela a otros. Lao-Tse

Sobre esta singular clase de sociedad y de cultura predomina un ordenamiento social y de clase completamente distinto al de las sociedades occidentales. Para la civilización china, el orden social no era otra cosa que la prolongación del orden cósmico. Se trataba de conciliar el cielo con la tierra, las fuerzas naturales con la obra de los seres humanos. Esa era la misión fundamental del emperador que estaba revestido de poderes absolutos y aparecía como depositario y ejecutor de los mandatos del Cielo. 

A diferencia de Occidente, donde las estructuras sociales surgen desde abajo hacia arriba, a partir de las tradiciones primarias del hombre mediante normas jurídicas cada vez más acabadas. Para José Aricó, en China eran impuestas desde arriba por medio de la adaptación del orden moral en un orden práctico caracterizado por ritos (li) que hacen referencia a disposiciones interiores y no a modos de comportamiento exterior. 

El orden ritual representaba en la sociedad china la función que el orden jurídico desempeña en las nuestras. Los ritos regulan la vida de cada individuo, sus categorías sociales, sus deberes y sus derechos. Los vínculos de sujeción preconizados por Confucio – del pueblo al soberano, de los hijos a los padres, de la mujer al marido, de los aprendices al maestro, de los discípulos al profesor– aseguraban que cada quien siguiera su propio camino y permaneciera en su justo lugar dentro de la jerarquía social, por eso se dice que la doctrina confuciana expresa rectificación y armonía y no ruptura y cambio.

El arribo al poder de la dinastía del Partido Comunista

Aquel que habla se cansa más rápido. Lao-Tse

La caída de la dinastía Qing en 1912, hizo que la autoridad central de China volviera a fracturarse y diera inicio a un nuevo periodo de los Reinos Combatientes. En un entorno marcado por la inseguridad, surgió una República China profundamente dividida desde sus inicios. Nunca se pudo establecer el sistema democrático. En enero de ese año, Sun Yat-sen fue proclamado presidente, pero después de seis semanas, Sun tuvo que entregar el mando a Yuan Shikai, comandante de la poderosa fuerza militar capaz de unificar al país temporalmente. 

Tras el fracaso de Yuan al intentar establecer, en 1916, una nueva dinastía imperial, el poder político pasó a manos de los gobernadores regionales y los comandantes militares. A partir de entonces, dos fuerzas emergentes comenzarán su disputa por el poder: el Partido Nacionalista Chino (Kuomintang) fundado por Sun Yat-sen el 10 de octubre de 1919, y a su muerte dirigido por Chiang Kai-shek –ejerció el control nominal en todo el territorio del antiguo imperio Qing–,  y el Partido  Comunista Chino, fundado el 23 de julio de 1921, cuyo primer secretario general sería Li Dazhao –administraba un gobierno bajo la sombra y un orden social paralelo soportado por el partido comunista de la URSS–.

El desafío a la cultura tradicional

La moderación es la mejor virtud para gobernar a los hombres y servir al cielo. Lao-Tse

Según Henry Kissinger en su muy laborioso libro Sobre China, la llegada de una nueva dinastía siempre había creado a lo largo de milenios un ritmo diferenciado. Se producía un momento en el que el pueblo comenzaba a percibir que la antigua dinastía no cumplía su misión principal de garantizar seguridad o no satisfacía sus necesidades fundamentales. No era una sola catástrofe la que provocaba la pérdida del Mandato Celestial, sino una serie de desastres que se acumulaban las que conducían al final. Se consideraba que la nueva dinastía traía la solución, en parte por el solo hecho de haber llegado. 

En el pasado, durante la dramática historia de China, afirma Kissinger, se habían vivido muchos episodios traumáticos, pero jamás un nuevo gobernante se había propuesto derribar el sistema de valores de toda la sociedad. Quienes en épocas pretéritas asumieron el Mandato Celestial –incluso, tal vez y mucho más, los conquistadores extranjeros– se legitimaron ratificando los antiguos valores de la sociedad que empezaban a controlar y a gobernar siguiendo sus máximas. Esa tradición era el mecanismo del proceso de chinificación que establecía el confucianismo. 

A la cabeza de la nueva dinastía, que en 1949 irrumpió desde el campo para hacerse con las ciudades, destacaba un coloso: Mao Tse-Tung. Dominante, con una influencia arrolladora inflexible y distante, poeta y guerrero, profeta y agorero, Mao unificó a China y llevó al país por un camino que estuvo a punto de hundir a la sociedad civil. Al final de ese virulento proceso, China se mantuvo como el único país capaz de superar el comunismo en el mundo.

Un retrato del líder comunista

Dirige una gran nación de la manera en la que cocinarías un pez pequeño. No exageres. Lao-Tse 

Pienso que la misma doble reflexión del genio en el arte puede aplicarse al gran estadista en la política, entendida como la capacidad de ver y trabajar con los dos lados de la moneda, la falsa y la verdadera, lo bello y lo feo, lo malo y lo bueno, la fuerza y la persuasión. Salvo que el genio en el arte no determina con su obra el futuro de vidas ajenas, no decide el tipo y la calidad de la educación que se imparte, la economía que se implementa, la ciencia y la tecnología que se hace y aplica, ni la seguridad social y los principios que nutren la cultura.

El estadista tiene que ver con todos los ámbitos de la existencia en un espacio geográfico determinado; el artista solo con la formación de sus valores éticos y estéticos y el fortalecimiento de su alma y la grandeza de espíritu. El artista es un creador, un innovador, cuya base es la observación, la sensibilidad, el desprendimiento. El estadista generalmente es un servidor público con buenas intenciones iniciales y progresivamente transformado en un gran simulador, elástico como la plastilina, que puede llegar a ser un gran demócrata de reconocida solvencia moral e intelectual, un dictador cruel y asesino, un megalómano insulso, mentiroso y fatuo, o un pobre hombre que por accidente se cruzó en el camino de la historia.

El líder nunca insinúa ni siquiera un ápice de lo que realmente es, menos aun lo que será una vez consumada la victoria, sobre todo cuando de procesos revolucionarios se trata. Por eso alguien ha dicho que no hay nada más parecido a la masa engañada por un político, que una mujer seducida durante el proceso de enamoramiento.

Mao fue uno de estos monstruos –en el sentido más ambiguo–, que llegado al poder y diosificado mediante el culto personal, pretendió cambiar los valores, por la fuerza, de una de las culturas más antiguas de la humanidad. Mao, según Kissinger, fue el primer dirigente, desde la unificación china, que impulsó la destrucción de las tradiciones milenarias en una acción deliberada de la política estatal.

El ataque al pensamiento tradicional

La naturaleza no se apresura, sin embargo, todo se logra. Lao-Tse

No es casualidad que para Mao Tse Tung, maestro, político, poeta, estratega militar y dictador chino –nacido en Shaoshan, provincia de Hunan, el 23 de diciembre de 1893–, el dirigente más admirado fuera el emperador Qin Shi Huang, quien puso fin al periodo de los Reinos Combatientes –al vencer a todos sus adversarios y unificarlos bajo una misma política en el año 221 a.C– y fundó a China como Estado unificado. 

A pesar de tales logros, la historia china nunca le ha guardado respeto ni reconocimiento por haber quemado libros y perseguido a los eruditos confucianos tradicionales, de los cuales quemó vivos a 460 de ellos –¡qué espantoso!, diría el maestro Borges–. Mao comentó alguna vez que el gobierno de China requería una combinación de los métodos de Marx y de Qin Shi Huang.

A propósito de tal afirmación, según Kissinger, Mao organizó un ataque global al pensamiento político tradicional de su país: donde la tradición confuciana valoraba la armonía universal, Mao idealizó la rebelión y el choque entre fuerzas opuestas tanto en los asuntos internos como en los externos –concibió la conexión entre ambos, emparejando las crisis externas con las purgas internas y las campañas ideológicas–. La tradición confuciana administraba la doctrina del término medio y el ejercicio del equilibrio y la moderación. Cuando se producían las reformas, se llevaban a cabo de una forma gradual y se presentaban como la restauración de los valores mantenidos anteriormente. Mao, en cambio, impulsó la transformación radical e inmediata y la ruptura total con el pasado.

La Gran Armonía y el nuevo desafío militar

Observa todo lo blanco que existe en torno de ti, pero recuerda todo lo negro. Lao-Tse

La teoría política china tradicional mostraba relativamente poco respeto por la fuerza militar e insistía en que los dirigentes tenían que buscar la estabilidad dentro del país e influir en el exterior por medio de la virtud y la comprensión.

Mao, guiado por su ideología y por el suplicio del siglo de humillación que había vivido China, organizó una inaudita militarización de la vida de la nación. Si la China tradicional y milenaria vinculaba el pasado y amaba su cultura literaria, Mao declaró la guerra al arte, a la cultura y a la historia del pensamiento tradicional chino.

En muchos aspectos, de acuerdo con Kissinger, el dirigente comunista personificó la contradicción dialéctica que pretendía controlar. Era un apasionado anticonfuciano y lo admitía con descaro públicamente. Enunció la doctrina de la Revolución permanente, pero cuando los intereses nacionales lo requerían, supo ser paciente y ver las cosas en perspectiva. Tenía como estrategia declarada la manipulación de las contradicciones, pero al servicio de un último objetivo, extraído de la idea confuciana del da Tong o Gran Armonía.

La revolución, para Mao, no tenía un fin último; el objetivo final de la Gran Armonía que prescribía era una perspectiva imprecisa, más parecida a la exaltación espiritual que a la reconstrucción política. Kissinger considera, y allí radica el buen arte de Mao: Una mezcla ambivalente de fe ciega en el pueblo chino y su menosprecio por sus tradiciones, le permitió echar un extraordinario y hermoso pulso: una sociedad empobrecida que apenas acababa de ganar una guerra civil, se le fue desmembrando, a intervalos cada vez más cortos, y, durante el proceso libró batallas contra los Estados Unidos y la India, desafió a su aliado natural la Unión Soviética, y restableció las fronteras chinas hasta prácticamente su extensión histórica.

Una contradictoria Gran Armonía

La gente es difícil de gobernar, porque tiene demasiado conocimiento. Lao-Tse

Así pues, según Kissinger, el gobierno maoísta se convirtió en una versión a trazos del espejo de la tradición confuciana al declarar ruptura total con el pasado y, al mismo tiempo, confiar en muchas de las instituciones tradicionales, entre las cuales suelen estar el Estado como proyecto ético y la burocracia de los mandarines, que Mao odiaba, destruidos periódicamente, para ser creados de nuevo con la misma periodicidad.

Los objetivos de Mao no podían expresarse en una estructura ni satisfacerse organizativa ni en un conjunto específico de tareas políticas.  Tenía como norte mantener el propio proceso de la revolución y consideraba que su misión era llevarlo a cabo en medio de convulsiones cada vez más intensas sin permitir jamás un punto de reposo, hasta que el pueblo soberano de la China pudiera salir de esa prueba purificado y transformado.

Por eso, es convicción en Mao la afirmación que lanza a André Malraux en una entrevista que este le realizó en 1965:  El pensamiento, la cultura, y las costumbres que llevan a China al puesto en que la encontramos tienen que desaparecer, y surgir un pensamiento, una costumbre y una cultura del proletariado que no existe todavía. El pensamiento, la cultura y las costumbres deben nacer de la lucha, y la contienda ha de seguir mientras permanezca el peligro de volver al pasado.

En la interpretación de la historia que hizo Mao, el confucianismo debilitaba: su armonía era subyugación. Pensaba que la consolidación solo podía llegar mediante presiones internas y externas brutales que el partido Comunista era la única fuerza capaz de hacer aflorar. Pero aplicada al pie de la letra, la doctrina de la revolución permanente se vería implicada en la inestabilidad constante y probablemente en la guerra. Este fue un dilema que acosó a Mao durante toda su vida y que nunca pudo resolver.

En cuanto al liderazgo

Un árbol enorme crece de un tierno retoño. Un camino de mil pasos comienza con uno solo. Lao-Tse 

El tratamiento ambivalente que combinó Mao, dado a la cultura tradicional y a una revolución contradictoria en sus fines, fue la misma que dio a los dos brazos dirigentes más notables de su partido: radicales y reformadores. Ambos eran tratados igual por el dictador, era la lucha propiciada por él mismo de bárbaros contra bárbaros internos, para garantizar no agresiones directas y mantener el mando como gran timonel o nueva versión del Mandato Celestial, de la Revolución Permanente. Al final solo él sabía qué pensaba y a dónde iba.

Por esta razón, para Kissinger, los cuadros del Partido Comunista eran su sacerdocio, aunque su tarea era la de hacer campaña y no la de cumplir un programa definido. Con Mao, los dirigentes llevaban una vida al borde del abismo. Siempre estaban sumidos en una agitación que ellos mismos habían potenciado. Su contemporáneo, el mariscal Lin Piao –en el momento crucial de su carrera política (1971)–, llamado a ser su sucesor y líder de la banda de los cuatro, desapareció misteriosamente en un accidente de aviación. De la segunda generación, el pobre Deng Xiaoping sufrió tres purgas y muchas tribulaciones. Todos los que tenían una relación estrecha con Mao durante la época revolucionaria, incluyendo al primer ministro y jefe de la diplomacia, el gran caballero de la revolución Chou En-lai, fueron purgados.

Mao y las relaciones internacionales

Con buenas palabras se puede negociar, para engrandecerse se necesitan buenas obras. Lao-Tse

Según Kissinger, Mao expresó su actitud básica sobre la política exterior, antes de asumir el poder, resumida en la siguiente expresión:

El pueblo chino se ha levantado: todos tenemos la sensación de que nuestro trabajo pasará a la historia y que demostrará claramente que los chinos, que formamos una cuarta parte de la humanidad, han comenzado a levantarse. Fue en los tiempos modernos cuando quedamos rezagados debido a la opresión y a la explotación del imperialismo extranjero y el gobierno reaccionario del país. 

Levantarse contra el mundo era una tarea de gigantescas proporciones en 1949. El país estaba subdesarrollado, sin capacidad militar para imponer sus orientaciones en un mundo en general más avanzado en recursos y especialmente en tecnologías. Estados Unidos, la primera potencia nuclear, había apoyado a los nacionalistas. La Unión Soviética era un aliado ideológico y en un principio fue necesaria como socia estratégica, pero China no había olvidado los tratados desiguales arrancados en el siglo XIX. Mao, como algunos fundadores de dinastías, reivindicó las fronteras que había establecido el imperio chino en su extensión histórica.

Para Kissinger, Mao pasó por alto que las diplomacias occidentales consideraran de sentido común que China se reconciliara con las principales potencias occidentales. Él se negó a mostrar cualquier tipo de debilidad, optó por el desafío frente al acuerdo, y después de haber establecido la República Popular China, evitó el contacto con los países occidentales.

Zhou En-lai, el primer ministro de asuntos exteriores, resume esta altiva actitud del presidente de china con una serie de aforismos. La nueva China no iba a limitarse a entrar a hurtadillas en las relaciones diplomáticas existentes. Lo que haremos será comenzar desde cero. Había que analizar caso por caso las relaciones con el nuevo régimen. La nueva China tenía que hacer limpieza en la casa antes de invitar a nadie. Es decir, eliminar las influencias coloniales que quedaron antes de establecer relaciones diplomáticas con los países imperialistas occidentales.

La diplomacia de la indiferencia

Las armas del reino no se muestran al extranjero. Lao-Tse

Los diplomáticos tradicionales habían considerado inviable esta política por desafiante y arrogante. Mao, por el contrario, estaba convencido de sus consecuencias objetivas y de sus frutos ideológicos y, sobre todo, de sus efectos psicológicos. Sabía que la igualdad en esta esfera era lo único que le garantizaba compensar la superioridad militar de las otras dos grandes potencias.   

No le sería tan útil a tales fines la formación militar inspirada en Sun Tsu, como una de las novelas claves de la tradición estratégica china: Estratagema de la ciudad vacía de Zhuge Liang en el Romance de los Tres Reinos: En el que un alto mando ve acercarse a un ejército superior. Entendiendo que la resistencia es garantía de destrucción y que la rendición conlleva pérdida de control en el futuro, él opta por una estratagema: abre las puertas de la ciudad, se instala en postura de reposo, tocando un laúd y deja entrever tras él cómo transcurre la vida normal, sin señal alguna de temor o preocupación. El general invasor interpretó la muestra de sangre fría, detuvo su paso y se marchó.

Mao, bajo esta enseñanza y muchas otras aprendidas de lecturas de clásicos y románticos chinos, se hizo inmune a las amenazas nucleares, haciendo como que no existían. En algún momento nos recordaría hasta dónde podía llegar su indiferencia cuando, haciéndose eco de una amenaza de este tipo, afirmaría: qué importan trescientos millones de chinos, una semana después ponemos manos a la obra y comenzamos a hacerlos de nuevo. Según Kissinger, nadie puede confirmar si Mao creía sus propias palabras, lo cierto es que consiguió que el resto del mundo creyera en ello.

Tres gestas de la Revolución Permanente  

Quien pretende el dominio del mundo y mejorar este, se encamina al fracaso. El mundo es tan sagrado y vasto que no puede ser dominado. Quien lo domina lo empeora, quien lo tiene lo pierde. Lao-Tse

El referente de la China Revolucionaria para programar su desarrollo político y económico no eran las potencias occidentales, de cuya influencia ahora renegaba con mucha más fuerza y arrogancia la China comunista.  Su punto de comparación era su gran mentor el Partido Comunista de la Unión Soviética, y su estilo de dirección y los planes quinquenales de quienes habían sido sus aliados incondicionales para las guerras de liberación nacional contra Japón e Inglaterra y para implantar definitivamente el comunismo en el país, con Mao Tse Tung a la cabeza.

El discurso ‘‘secreto’’ de Kruschev, donde denuncia los crímenes de su antecesor Josef Stalin, en una histórica intervención durante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956, causaría una verdadera tormenta en todo el mundo, pero especialmente en los países que pertenecían a la órbita bajo influencia y control soviético.

El discurso fue ‘‘secreto’’ en tanto fue pronunciado en sesión cerrada del congreso y no formó parte de los informes y resoluciones oficiales emitidas por el partido. A pesar de estas consideraciones, se distribuyeron copias a las diversas dirigencias regionales del PCUS y a algunos gobiernos extranjeros. El texto completo del discurso se hizo público el 18 de marzo de ese año y entonces solo en Belgrado y en Washington D.C.

Las revelaciones hechas por Kruschev provocaron gran expectativa en Europa Oriental y en China, y rechazo y revueltas en Georgia, la tierra natal del sanguinario y terrorífico dictador soviético. Algunos extractos del discurso afirman: Un hombre del que se cree lo sabe todo, lo ve todo, piensa por todo el mundo, puede hacer cualquier cosa, es infalible en su comportamiento… Resulta ajeno al espíritu del marxismo-leninismo, encumbrar a una persona y transformarla en un superhombre.

Stalin creó el concepto de enemigo del pueblo; este término provocó que resultara innecesario demostrar los errores ideológicos de uno o varios hombres enzarzados en una polémica; este término violó todas las normas de la legalidad revolucionaria y permitió el uso de la represión más cruel contra todo aquel que muestre desacuerdo con Stalin de cualquier forma, contra aquel que fuera sospechoso de acciones hostiles, contra aquellos que tengan mala reputación en general, y en realidad la única prueba, violatoria de toda norma legal, era la confesión forzada obtenida mediante la tortura del acusado.

El movimiento de las cien flores

Para conducir a la gente camina detrás de ellos. Lao-Tse

Los chinos pusieron sus barbas en remojo.  Y obligados estaban a plantearse qué era lo que constituía la legitimidad política comunista. Los meses siguientes dio la impresión, después del sonado discurso de Kruschev, que parecían avanzar a tientas hacia un gobierno más transparente, probablemente para evitar la necesidad de sacudidas periódicas de la rectificación.

Tomaron algunas decisiones nominales, borrando de la Constitución del PCCH las referencias de veneración a Mao Tse Tung. El partido aprobó resoluciones donde advertía contra el avance precipitado en el campo económico y advertía que la importante fase de la lucha de clases había llegado a su fin.

Para Kissinger, un planteamiento tan prosaico no tardó en entrar en pugna con la perspectiva de la revolución permanente de Mao. El máximo dirigente chino propuso una vía alterna a la rectificación pública, y se le transformó en un boomerang. Al partido Comunista Chino le tocaba fomentar el debate y la crítica de sus métodos y abrir la vida intelectual y artística de china para que, como rezaba el lema, florezcan cien flores y compitan cien ideas. Siguen aún debatiéndose las razones que llevaron a Mao a impulsar este movimiento.

Apertura para la crítica o trampa para cazar disidentes

No vayas contra lo que es justo para conseguir el elogio de los demás. Lao-Tse

La Campaña de las Cien Flores se ha explicado, o bien como una llamada para que el partido acabara con el aislamiento burocrático y escuchara directamente al pueblo, o como una estrategia pensada para que los enemigos se identificaran con él y por sí solos, al presentarse, excluirlos de la vida social y política por diferentes vías. De acuerdo con Kissinger, sea cual fuere el motivo, la crítica popular se hizo presente y pasó rápidamente de la sugerencia sobre ajustes técnicos, a la reprobación del sistema comunista.

Los estudiantes levantaron un muro por la democracia en Pekín. Los críticos protestaban contra los abusos de los funcionarios en cada lugar y contra los principios económicos impuestos por la política económica al estilo soviético; algunos comparaban desfavorablemente la primera década del gobierno comunista con la época nacionalista que le había precedido.

Independientemente de la intención original, Mao nunca aceptó que se cuestionara su autoridad. Llevó a cabo un cambio radical y brusco y lo justificó como un aspecto de su planteamiento dialéctico. La Campaña por las Cien Flores se transformó en una campaña anti derechista para ocuparse de aquellos que no habían comprendido bien los límites de la gentil intención al dialogo. Al final, para Kissinger, una purga masiva llevó a miles de intelectuales al encarcelamiento, a la reeducación, o al exilio interno. 

Al final del proceso, Mao se erigió de nuevo como líder indiscutible. Una vez despejado el terreno crítico, se sirvió de su preeminencia para acelerar la revolución permanente y llevar adelante otro de sus grandes propósitos.

El Gran Salto Adelante 

Los que tienen conocimiento no predicen, los que predicen no tienen conocimiento. Lao-Tse

En la boca de los soviéticos estaba la medida de los desafíos que se planteaban los chinos. En 1957, se celebraba la conferencia de los partidos socialistas en la Unión Soviética y Mao hacía pública una desmesurada reivindicación económica en China, en respuesta a las previsiones de Kruschev de que su país superaría económicamente a Estados Unidos en quince años. Mao, por su lado, con el característico voluntarismo comunista, improvisaba un discurso en el que afirmaba que China, en el mismo periodo de tiempo, lo haría con la producción de acero de Gran Bretaña.

Según Kissinger, el comentario suelto en poco tiempo asumió la categoría de meta. El objetivo de los quince años en el acero, coincidió con una serie de ambiciosos programas agrícolas. Mao se preparaba para lanzar la revolución permanente de China hacía unos fines más activos y para enfrentar a su pueblo a un reto mucho más formidable hacia el futuro.

Al igual que la mayor parte de las empresas capitaneadas por Mao, el Gran Salto Adelante combinó aspectos de política económica, de exaltación ideológica y de estrategia exterior. Para el dirigente chino, estos no eran ámbitos de trabajo diferenciado, sino unos ejes que estaban interrelacionados dentro del extraordinario proyecto revolucionario. 

En su sentido más literal, el Gran Salto Adelante estaba destinado a hacer realidad las ideas globales del desarrollo industrial y agrícola. Se eliminó buena parte de la propiedad privada que aún quedaba y también los incentivos individuales en el proceso de reorganización del país en comunas populares en las que se compartían bienes, alimentos y trabajo. Se alistaba a los campesinos en brigadas cuasimilitares para llevar a cabo obras públicas de gran envergadura, muchas de ellas imposibles de realizar.

La disputa por la hegemonía comunista

El agradecimiento es la memoria del alma. Lao-Tse

Estos proyectos, para Kissinger, tuvieron implicaciones e interés internacional, sobre todo en relación al conflicto por la supremacía comunista con Moscú. Si triunfaba, el Gran Salto Adelante podría dejar atrás las consignas del tiempo gradual y situar el centro ideológico del mundo comunista en China. Mao había insistido a Kruschev, cuando visitó Pekín en 1958, que su país llegaría primero a la plenitud del comunismo que los soviéticos, que habían optado por un desarrollo gradual, burocrático y con poca inspiración. 

Pero una vez más, cuenta el autor de Sobre China, Mao había sentido el reto tan lejano de la realidad objetiva que su mismo pueblo quedó muy rezagado en su posibilidad de lograrlo. Los objetivos de producción del Gran Salto Adelante y las perspectivas de disentimiento o fracaso se veían con tanto temor, que los funcionarios de cada sector comenzaron a falsificar cifras de producción, y a inflar resultados en las cuentas. 

Se tomaban informes al pie de la letra y siguieron exportando cereales a la Unión Soviética a cambio de industria pesada y armamento. Y por si ello fuera poco, se habían llevado a cabo los objetivos de Mao en el sector del acero de una forma tan mecánica que se fomentó la fundición de instrumentos como si fueran chatarra para poder cumplir los cupos. 

Pero en definitiva, sentencia Kissinger, nadie puede derogar las leyes de la naturaleza ni de la economía, y los resultados del Gran Salto Adelante fueron catastróficos. Entre 1959 y 1962, China vivió una de las hambrunas más terribles en la historia de la humanidad en la que perecieron, en cálculos conservadores, más de 20 millones de chinos. Mao volvió a pedir al pueblo chino que moviera las montañas, pero en esta ocasión, las montañas permanecieron inmóviles.

La Revolución Cultural

Cuando sobre la tierra todos reconocen la belleza como belleza, queda constituida la fealdad. Lao-Tse

En un momento de emergencia nacional, Mao decidió pulverizar el Estado chino y el Partido Comunista. Lanzó lo que él mismo consideró iba a ser el ataque final contra los obstinados restos de la cultura tradicional, de cuyos escombros, profetizó, emergería una generación ideológicamente pura, capaz de salvaguardar la causa revolucionaria contra los enemigos internos y externos. Henry Kissinger

Mao impulsó al país hacia una época de frenesí ideológico, de políticas marcadas por un atroz fraccionamiento, y lo llevó al borde de una guerra civil que se denominó: la gran Revolución Cultural. Ninguna institución quedó exceptuada de las sucesivas oleadas de agitación que sacudieron al país. Disueltos los gobiernos locales en confrontaciones violentas. Purga de destacados miembros del partido y dirigentes del Ejército Popular de Liberación. El sistema educativo quedó paralizado y las clases suspendidas indefinidamente.

Los jóvenes, con desatada furia, recorrían las calles inspirados en la exhortación del propio Mao de aprender de la revolución haciendo la revolución. Muchos jóvenes se alistaron en la temida Guardia Roja y en las milicias juveniles, actuando fuera de la ley y de las estructuras institucionales, inspirados en el discurso encendido de su líder: la rebeldía está justificada, bombardeen los cuarteles generales.

Aprobó ataques violentos a la burocracia comunista, y a las convenciones sociales tradicionales, a la vez que estimulaba a la juventud a no temer al descontrol en su lucha por erradicar los terribles cuatro grandes males: viejas ideas, vieja cultura, viejos hábitos y viejas costumbres. Paradójicamente, la banda de los cuatro, serían nombrados los representantes más conspicuos que liderizaron este movimiento y que a la muerte de Mao terminarían en prisión. 

El Diario del Pueblo, avivando el fuego, publicaba editoriales en elogio al desorden y reforzando con una dura crítica, apoyada por el gobierno, a la tradición milenaria de armonía y orden.

Todo trajo como consecuencia, según Kissinger, una carnicería humana e institucional, a medida que todos los organismos de poder y autoridad sucumbían ante las tropas de asalto integradas por adolescentes. China, una sociedad reconocida por el respeto al aprendizaje y la erudición, se convirtió en un mundo patas arriba en el que los jóvenes se volvían contra los padres, los estudiantes irrespetaban y maltrataban a maestros y profesores, se quemaban libros y se mandaba a los profesionales y eruditos a aprender la práctica revolucionaria en escuelas de campesinos.

Ni siquiera su filosofo más venerado en la historia, Confucio, escapó a la furia juvenil. Estudiantes y profesores se desplazaron a Pekín, al pueblo donde había nacido el gran maestro, quemando libros antiguos, destrozando tablillas conmemorativas y arrasando con la tumba del gran filósofo y de todos sus familiares. En Pekín, en los asaltos de la Guardia Roja se destruyeron 4.922, lugares de interés cultural e histórico de los 6.843 que poseía la capital. Lo que se salvo en la Ciudad Prohibida, fue gracias a la intervención oportuna de Chou En-lai.

En escenas que recordaban el alzamiento de los Boxers setenta años antes, los militares de la Guardia Roja asaltaron las embajadas extranjeras y saquearon la británica, no sin antes apalear y acosar hasta la humillación al personal destacado en la misma. El pequeño Libro Rojo fue un elemento emblemático de la revolución cultural. Citas recogidas por Lin Piao, designado posteriormente sucesor y muerto en un misterioso accidente de aviación poco después.

Las consecuencias de la Revolución Cultural fueron caóticas. Tras la muerte de Mao en 1976, la valoración hecha por la segunda y tercera generación de dirigentes –casi todos víctimas en uno u otro momento– fue de condena. Deng Xiaoping, principal dirigente del país entre 1977 y 1991 –uno de sus hijos quedó parapléjico al ser lanzado por la Guardia Roja desde lo alto de un edificio–afirmaba que la Revolución Cultural estuvo a punto de destruir al Partido Comunista como institución y su credibilidad, por lo menos de forma temporal.

Conclusión

Mao quiso resolver a fuerza de puro voluntarismo el agudo problema de la intermediación del poder entre el gobernante y los gobernados y de paso enterrar lo más granado del pensamiento, la tradición y la cultura china. La limitación de todos los revolucionarios es que confunden sus deseos y ambiciones con los de la masa, sin tomar en cuenta los límites de la realidad y lo arraigado de las creencias de los pueblos, por lo que al final concluyen removiendo el piso social a un costo humano e histórico muy elevado, pero creando más desajustes, desigualdades, desproporciones y desmesuras de las que ciegamente se empeñaron en cambiar.

Vale la frase de Friedrich Hayek: Siempre es de una minoría que actúa diferente que la mayoría aprende a hacerlo mejor

León Sarcos febrero 2025