El ciclo infernal de la miseria socialista, por @ArmandoMartini - LaPatilla.com

El ciclo infernal de la miseria socialista, por @ArmandoMartini

Armando Martini Pietri @ArmandoMartini

Si algo ha logrado el comunismo socialista con eficiencia es su capacidad para causar miseria. Y lo aterrador, su convicción de que el modelo es epítome de la justicia social; concepto maleable que, ha servido para encubrir la pobreza generalizada y la opulencia gobernante.

La Habana y Caracas eran símbolos de modernidad y progreso. Reflejaban el ímpetu de dos naciones pujantes, economías vibrantes, poblaciones educadas y estándares de vida envidiables. La Cuba de los años 50 y la Venezuela de finales del siglo XX, eran promesa de futuro próspero y sociedades que miraban el mañana con ambición y confianza. Sin embargo, el socialismo llegó, y con él, la implacable conversión del esplendor en ruina.

La joya de América y perla del Caribe, disfrutaba una economía diversificada, un sector agrícola robusto y una industria turística extraordinaria. En 1958, el salario promedio superaba al de muchos países en América Latina. La Habana, una metrópoli cosmopolita, cuya vida nocturna y cultural rivalizaba con las grandes capitales; fue empobrecida, deshecha, convertida en un fracaso por la revolución castrista. 





Hoy, esqueleto arquitectónico, edificios, otrora majestuosos, se desmoronan. La escasez de bienes básicos es cotidiana. La libreta de racionamiento humilla, ofende. Quienes la visitan saborean exquisiteces, abundante comida, refrigerios de lujo sin restricciones en hoteles y playas paradisíacas; mientras el ciudadano suplica y el cubano se doblega por alimento y medicina. Si osa quejarse, la seguridad del Estado se encarga de recordarle que la revolución fidelista no admite discrepancias.

El castrismo, alardea de sus «logros», una tragicomedia en sí misma. No se sostiene por mérito propio, -no tiene ninguno-, sino por la generosidad de incautos y cómplices. La Unión Soviética la mantuvo como parásito. El chavismo suministró megalomanía y petróleo, a cambio de asesoría en represión y manipulación electoral. Así, el desastre cubano encontró su eco en Venezuela.

Venezuela, vivió su época dorada entre los años 50 y 90, su elevado estándar de vida era un atractivo para migrantes. Caracas la «sucursal del cielo», de infraestructura moderna, universidades de prestigio, vida cultural floreciente, nocturnidad y restaurantes de reconocimiento internacional, además, de su moneda más fuerte que el dólar (años 70) poseía uno de los mayores ingresos per cápita del mundo.

Pero llegó el chavismo disfrazado de bolivariano, y con él, la despiadada y cruel demolición. Expropiaciones, controles de precios, persecución a la empresa y propiedad privada, corrupción, secuestro de instituciones democráticas, mala gestión, adoctrinamiento y asfixia de libertades. El manual castrista aplicado con precisión quirúrgica. El colapso era inevitable. La hiperinflación pulverizó los salarios, y millones emigraron en busca de oportunidades, en lo que se ha convertido en uno de los mayores éxodos en la historia de América Latina, y que hayan causado las peores guerras. 

Venezuela esta fracturada, sus calles reflejan una distopía de apagones, inseguridad y escasez. La población lucha por pertrechos comestibles fundamentales y medicina de primeros auxilios para sobrevivir. El Estado utiliza programas de asistencia social, como mecanismo de control y herramienta de sumisión política. Sin embargo, la élite gubernamental los desprecia, mientras degusta delicias y disfruta placeres. 

Cuba y Venezuela comparten un discurso que atribuye sus fracasos a las sanciones, embargo, o guerra económica de la oligarquía. Narrativa que convierte la miseria en símbolo de resistencia y la represión en estabilidad. Y los dos, con maestría perversa, transforman el desastre en épica. 

El castrismo destruye economías y perfecciona la represión. No es coincidencia que cada fraude electoral sea copia calcada del simulacro cubano. No es azar que la censura, militarización y persecución a la disidencia sigan el mismo patrón. 

Si el socialismo es una enfermedad, Cuba es un paciente terminal y Venezuela el enfermo en fase avanzada. La diferencia, el tiempo, una lleva más de seis décadas sufriendo y la resignación se ha convertido en regla. La otra, aunque el chavismo ha logrado una devastación comparable en poco más de dos décadas, aún persiste un sentimiento de resistencia entre la población, que es lo único que evita al oficialismo se perpetúe hasta el punto de normalizar su desastre. La pregunta: ¿cuánto tiempo tardará Venezuela en alcanzar el nivel de resignación? 

La única habilidad del comunismo es vender fracasos como virtudes, quizás, su mayor logro. Pero enseña la historia, que solo sucumben cuando ya no queda nada por destruir. El socialismo, no construye naciones, las consume sin piedad y las devora con frenesí. Y, aunque algunos, continúan viendo en el socialismo una idea romántica, la realidad es que su ejecución ha sido sanguinaria, incivil, son una vergüenza para la humanidad. 

@ArmandoMartini