
Karl Wallenda afrontaría el desafío del cable, tendido a unos cien metros de altura entre dos torres del Condado Plaza Hotel de la ciudad de San Juan de Puerto Rico, de la peor forma. El 21 de enero había cumplido 73 años, y su cuerpo conservaba las huellas de innumerables caídas y accidentes que había sufrido durante su vida, a la que había dedicado a la acrobacia y a esos actos arriesgados, donde son contados con los dedos de una mano los que se atreven a hacerlos.
Por Adrián Pignatelli | Infobae
Tenía a quien salir. Su papá Engelbert Wallenda y su mamá Kunigunde Jameson venían de la vida circense. Él era un luchador de catch y ella también era una artista.

Karl había nacido en Magdeburgo, perteneciente al imperio alemán, en 1905. Su inicio en el vértigo del cable fue temerario. Cuando era un adolescente, luego de trabajar un tiempo como minero, se presentó en un circo que buscaba artistas. Un equilibrista le preguntó si sabía pararse sobre sus manos. El respondió que sí. Le pidió que lo siguiera mientras subía una escalera hasta una plataforma ubicada a doce metros de altura, de donde salía un alambre. El hombre se paró sobre él, se agachó y le pidió al joven Karl que se parase sobre sus manos en los hombros.
El chico primero se negó y el hombre lo amenazó con tirarlo al vacío si no obedecía. Esos fueron los inicios de Wallenda en el delicado arte de caminar en el aire.
Ya con más de sesenta años a cuestas, continuó con sus pruebas espectaculares, como el de atravesar, a 225 metros de altura, el desfiladero del parque Tallulah Gorge de Georgia, y cuatro años después, logró el récord de caminar 550 metros sobre un cable en el parque temático Kings Island, situado en Ohio, en Estados Unidos.
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Lo que ese miércoles 22 de marzo de 1978 preguntó insistentemente fue por los vientos, a los que consideraba su peor enemigo. Le advirtieron que, en ese lugar, en San Juan de Puerto Rico, eran traicioneros, y que no debía confiarse en la tenue brisa que soplaba.
De todas maneras, no estaba conforme ya que su equipo no había participado del ajuste del cable, tal como acostumbraba. Cuando comenzó la caminata, una fuerte ráfaga lo hizo retroceder al punto de partida.
Luego, reinició la marcha. Estaba casi a mitad del trayecto cuando se vio que la cuerda vibró; atinó a inclinarse hacia adelante para no perder el equilibrio.
Uno de sus asistentes que estaba en el techo a donde debía llegar, le insistió a los gritos que se sentara. En ese momento un viento lo sacudió y lo hizo caer.
Se vio cuando extendió una de sus manos para aferrarse al cable, pero no pudo hacerlo. En la caída no soltó la vara que usaba. Se desplomó sobre el techo de un taxi, su cuerpo rebotó y cayó sobre la vereda, bajo la atónita mirada de la gente que se había agolpado para ver su espectáculo. En el hospital lo declararon muerto.
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