
El operativo es arrasador. Lo primero que uno piensa cuando ve a en la pantalla a todos esos policías armados hasta los dientes entrando a patadas a una casa común, de un barrio común, es, de mínima, que se trata de una acción antiterrorista. Pero no: el objetivo es Jamie Miller, un chico de trece años que se hace pis encima cuando le dicen que se levante de la cama, que está siendo detenido porque es el principal sospechoso de haber apuñalado hasta la muerte a una chica de su clase. Son las primeras horas de una mañana cualquiera cuando se llevan a Jamie, ante la perplejidad, los ruegos y los llantos de su familia. Mientras baja las escaleras hacia la calle escoltado por los policías, Jamie insiste en que no es culpable de nada y le pide ayuda a su padre con desesperación.
Por Hinde Pomeraniec | Infobae
Cada tanto, en el mar furioso de novedades de las plataformas aparece una joya como Adolescencia, la miniserie británica de la que todos hablan, que deslumbra desde su producción técnica (los cuatro episodios fueron grabados en plano secuencia, las actuaciones son extraordinarias, los diálogos, reales y conmovedores) pero también a partir del tema que se anima a tratar sin eufemismos.

La historia no es un estrictamente un policial ni se detiene en los detalles morbosos del crimen; el foco de esta serie –que no para de crecer en la consideración de la crítica y también en la conversación pública de sociedades muy diferentes– no está puesto en la pregunta “¿quién es el asesino?” sino en la búsqueda de las razones que lo llevaron a matar a la chica. Falta el arma homicida pero hay un video que es prueba irrefutable y se ve ya en el primer episodio: todos elegimos no creer en lo que vemos.
No hay spoilers en esta nota porque la pregunta no es “¿quién mató a Katie?” (ese era el nombre de la jovencita asesinada a quien solo se verá en fotos y videos, y de quien se escuchará su voz en un par de canciones) sino “¿por qué mataron a Katie?”. Y la respuesta es desoladora: es el mundo que fuimos construyendo los adultos el que permite semejante acumulación de frustración e ira en un varón tan joven, incapaz de controlar su furia y tal vez aún sin las herramientas para entender el significado último de lo que hizo. Nunca antes la tele o el cine habían tratado de manera tan descarnada la masculinidad tóxica incentivada por el resentimiento, la misoginia y el machismo más atroz y los riesgos severos que se esconden detrás del vínculo entre los púberes y los celulares.

No es la pérdida de tiempo el mayor riesgo, no es que dejen de estudiar y elijan entretenerse antes que educarse. A diferencia del pasado, hoy los chicos no están más seguros en su habitación que en la calle y la pantalla ya no está en el centro del living o en el comedor, “perturbando” la cena familiar. La pantalla hoy es un dispositivo privado y es a través de ese dispositivo que se difunden la información y las ideas que pueden convertir a un chico de trece años –y sin que ningún adulto lo advierta– en un monstruo despiadado.
De esto habla Adolescencia y lo hace con sensibilidad, empatía y nervio; con calidad artística y también con las palabras justas. En cada episodio, los creadores de la serie de Netflix buscan respuestas posibles para la ira criminal del adolescente y para eso rastrean en la escuela, entre los amigos, entre sus hábitos y en el seno de la familia.
De este lado de la TV, la pregunta que nos hacemos es dónde estuvo la falla principal; cómo y por qué un chico que podría ser tu hijo o el mío, a quien cuidamos como lo más importante de nuestras vidas, a quien educamos y le heredamos nuestros principios y valores puede llegar a convertirse en un femicida. Cómo y por qué en una misma casa uno de nuestros hijos puede desviarse de un camino para siempre mientras los otros, que recibieron el mismo amor y dedicación, no lo hicieron.
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