
Su abuelo paterno fue el fundador de un imperio inmobiliario en los Estados Unidos. Como era el hijo mayor, su padre fue quien lo alentó y preparó para ser su sucesor. Estudió economía. Esperaban de él todo y más. Y, por supuesto, que manejara el billonario negocio familiar de bienes raíces. Nadie estaba preparado para ser testigo y víctima de los futuros que Robert Durst destruiría voluntariamente.
Por infobae.com
Esta es la historia de un hombre que podría haberlo tenido todo, pero que vivió camuflando su lado oscuro para convertir su porvenir de gloria en una historia macabra.
Una desaparición misteriosa, una ejecución oportuna y un descuartizamiento salvaje forman parte de la trama que se fue desarrollando a lo largo de las décadas y que, al final, logró ser en parte revelada.
La danza de los millones
Su padre Seymour Durst, tuvo con su mujer Bernice Herstein, cuatro hijos: Robert, Douglas, Tommy y Wendy. Robert nació en Scarsdale, Nueva York, el 12 de abril de 1943. Era el mayor y, para cuando llegó al mundo, Seymour ya era un empresario de éxito con la compañía de bienes raíces National Debt Clock, radicada en la costa oeste de los Estados Unidos.
Su abuelo, el padre de Seymour, era quien había comenzado a acumular fortuna. Llegó a los Estados Unidos como un inmigrante judío proveniente de Austria/Hungría donde se había ganado la vida como sastre. En Norteamérica se reconvirtió en empresario. En 1927 fundó una inmobiliaria que pronto empezó a dar cuantiosos frutos económicos. Su visión en los negocios fue certera y su hijo Seymour siguió sus exitosos pasos. Los mismos que su nieto Robert Durst desandaría inescrupulosamente.
Cuando Robert tenía solamente 7 años su madre, Bernice, se salió del cuadro familiar. El 8 de noviembre de 1950 ella resbaló, o más bien se arrojó, desde el techo de la casa familiar sobre la calle Hampton, en Scarsdale. La supuesta felicidad de la familia se disolvió en ese instante.
Ya por entonces la rivalidad de Robert con su hermano Douglas era tan intensa que terminaron en un terapeuta familiar. Robert le decía a todo el mundo que él había presenciado el suicidio de su madre; Douglas, por el contrario, sostenía que no había sido así, que eso era un invento de su hermano mayor. En 1953 un psiquiatra diagnosticó a Robert con una posible “descomposición de la personalidad y esquizofrenia”.
A pesar de estos vaivenes mentales, en 1965 y con 22 años, se licenció en Economía en la Universidad de Lehigh. Trabajaba con su padre. Todos creyeron que las cosas mejorarían en lo sucesivo. No fue así. De hecho, años después, sería su hermano Douglas quien terminaría llevando las riendas de la rica empresa familiar enfrentándose definitivamente con la oveja negra de la familia: Robert.
La esposa fantasma
A finales de 1971 Robert Durst conoció a la bellísima rubia de 1,70 de altura, Kathleen McCormack, quien trabajaba en un consultorio de higiene dental. Después de unas pocas citas terminaron mudándose juntos, a principios de 1972, a Vermont donde terminaron poniendo un local de comida saludable al que llamaron All good things (Todas cosas buenas).
En 1973 la pareja decidió regresar a Nueva York así Robert podía volver a trabajar en el negocio de bienes raíces de su familia. El mismo día en que cumplió 30 años, el 12 de abril de 1973, Robert Durst y Kathleen se casaron. Vestido blanco, ramo de flores, celebración y amigos. Kathleen continuó con sus estudios y se graduó como enfermera. En 1978 entró al Colegio de Medicina Albert Einstein en el Bronx. Pero la relación entre ellos no era buena.
A principios de enero de 1982 Kathleen fue tratada en la guardia del Hospital Jacobi del Bronx por heridas en la cara. Reconoció que esas lastimaduras se las había hecho su propio marido. Las agresiones, tanto físicas como verbales, de Robert hacia Kathleen eran frecuentes.
El 31 de enero de ese mismo año Kathleen salió de una comida con amigos en Connecticut para volver a la casona de madera que la pareja tenía en el número 62 de la calle Hoyt, en South Salem. La propiedad tenía 220 metros cuadrados cubiertos, 3 habitaciones, 2 terrazas y 4 baños y miraba al lago Truesdale. Dos chimeneas, una en el living y otra en la suite principal con una impresionante vista al agua. Esa noche volvieron a pelear, como siempre. De hecho, Kathleen le había avisado a sus amigos que si algo le pasaba, la culpa sería de su marido.
Según la versión de Robert, luego de discutir, él la terminó llevando a la estación de trenes de Katonah para que Kathleen volviera al departamento que tenían en Manhattan sobre Riverside Drive. Esa noche fue la última vez que alguien vio con vida a Kathleen McCormack, que tenía 29 años.
El 1 de febrero una mujer que se identificó como Kathleen Durst llamó al colegio médico aduciendo que estaba enferma por lo que no podría asistir a la residencia pediátrica que estaba comenzando justo esa mañana. Recién el 5 de febrero Robert Durst denunció la ausencia de su esposa al regresar a Manhattan.
En una época sin redes ni móviles ni cámaras ni GPS era mucho más fácil que el rastro de alguien se pudiera perder y que no se pudieran reconstruir sus pasos.
El caso, al involucrar a una familia rica y conocida, no demoró en llegar a los titulares de los medios. Fue entonces que la mejor amiga de Robert Durst, Susan Berman, ofició de manera espontánea como vocera de él. Se habían conocido en su época de estudiantes en la Universidad de California, en Los Ángeles y se querían mucho.
Siguiendo los dichos de Robert la policía buscó a Kathleen primero en Manhattan. Nadie pudo encontrar un solo rastro de ella. Robert sostenía que su mujer podría haberse ido con otro hombre. Meses después la investigación sobre su paradero se estancó sin novedades, a pesar de las sospechas de la familia de Kathleen sobre la participación de Robert en su desaparición.
Para leer la nota completa pulse Aquí
