
En Ålesund, un pequeño puerto noruego en el Mar del Norte, la nieve lo cubría todo durante gran parte del año. Los inviernos eran puro silencio. Muy pocos se animaban a recorrer las calles blancas. Apenas algunos perros. Allí nació Joachim Rønneberg en 1919, en una familia donde la disciplina era su principal legado.
Por: Infobae
Su padre, Alf, venía de la Armada noruega. Su abuelo, un comerciante prominente, había fundado un periódico local. La familia era respetada en la localidad. Joachim fue el cuarto de cinco hermanos. Desde pequeño, más que los libros, le interesaban los mapas. Aprendió a esquiar en las pendientes abruptas que rodeaban su ciudad natal. En primavera, cuando la nieve comenzaba a derretirse, subía a las colinas con apenas una mochila y un poco de pan duro.
Vivir en la nieve
—Tienes que estar listo para correr con lo que llevas puesto —le decía su padre antes de dejarlo salir a explorar.
Era un joven callado, de gestos firmes y mirada pálida. Estudió para ser topógrafo. A los veinte años ya podía leer el terreno como un libro abierto. Podía decir cuántos minutos tomaría cruzar un valle, dónde anidarían los cuervos y por dónde se colaría el viento. Talento que, sin saberlo, lo preparaba para una misión que aún no existía.
Todo cambió un día de abril de 1940, cuando la Wehrmacht alemana invadió Noruega. Joachim escuchó la noticia en la radio. Los nazis habían desembarcado primero en el puerto de Narvik, luego llegaron hasta Oslo, la capital del país. Las tropas de Adolf Hitler se desplegaron por todas las montañas heladas y los fiordos. Noruega empezó a formar parte de ese imperio que construía el führer en el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. El país cayó en cuestión de días. La monarquía huyó. El gobierno fue reemplazado por Vidkun Quisling, un títere de Hitler.

Joachim tenía una bicicleta y una decisión. Escapó hacia el este, cruzó a pie la frontera con Suecia. De allí se embarcó hacia el Reino Unido. Llegó a Escocia en un barco de carga. Allí, en el exilio, se presentó como voluntario ante los servicios británicos. Lo aceptaron. Su formación como montañista, su fluidez en alemán, su compostura glacial: todo lo volvía útil.
Ingresó al Special Operations Executive (SOE), una unidad secreta creada por Winston Churchill para “poner a Europa a arder”. Lo entrenaron durante meses en sabotaje, demolición, criptografía, supervivencia en clima extremo. Aprendió a usar explosivos como quien aprende a tocar el piano: con precisión y oído. Era uno de los pocos soldados capaces de desplazarse de noche entre glaciares, sin hacer ruido y sin dejar huellas. Un verdadero agente preparado para infiltrarse en terreno enemigo. Años más tarde diría:
—No fui elegido por ser valiente. Fui elegido porque sabía leer un mapa.
Cómo frenar la bomba de Hitler
En 1942, los británicos habían descubierto que en Vemork, Noruega, una planta industrial producía agua pesada —óxido de deuterio— esencial para estabilizar reacciones nucleares. Los nazis la necesitaban para construir una bomba atómica. Si el Tercer Reich conseguía dominar la fusión, el curso de la guerra podía cambiar para siempre. Los Aliados sólo tenían una opción: destruir esa planta.

El plan original, llamado “Operación Freshman”, fracasó. Dos planeadores británicos se estrellaron. Todos murieron o fueron capturados. Los nazis ejecutaron a los sobrevivientes. El SOE decidió entonces encargar la tarea a noruegos entrenados. Joachim Rønneberg, con 23 años recién cumplidos, fue elegido para liderar la nueva operación llamada Gunnerside.
Los seis hombres del equipo cayeron en paracaídas sobre las montañas del sur de Noruega a fines de enero de 1943. Era pleno invierno. Las temperaturas llegaban a -30°C. Durante semanas se refugiaron en una cabaña oculta en la nieve. Allí se alimentaron de avena congelada y jamón seco. Vivían como lobos, se movían en las sombras.
—Cada sonido podía ser una patrulla. Cada huella, una sentencia de muerte —diría más tarde uno de sus compañeros, Knut Haukelid.
El riesgo de la operación
El 27 de febrero, Rønneberg y sus hombres se deslizaron por la garganta del río Måna. Escalaron un acantilado de hielo, cruzaron un puente abandonado y entraron en los sótanos de la planta de Vemork. Joachim cargaba consigo una bolsa con explosivos plásticos y un par de alicates. Tenían 30 minutos. Él redujo el temporizador a la mitad.
—No quería arriesgarme a que alguien los viera salir y desactivara las cargas —explicó después.
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