Lamento sin desafío, por @ArmandoMartini - LaPatilla.com

Lamento sin desafío, por @ArmandoMartini

Armando Martini Pietri @ArmandoMartini

 

Venezuela sufre la crisis política, cultural, social y económica más devastadora de su historia, agonizando bajo una dictadura que ha destruido la democracia. Un autoritarismo que desmanteló con inquina las instituciones, concentrando el poder en una élite corrompida y sumiendo al país en una emergencia humanitaria. Sin embargo, resulta alarmante y hiere profundo no la naturaleza del régimen, sino la actitud tibia y contradictoria de quienes, en lugar de luchar o forjar una fortaleza sólida y unificada, optan por el lloriqueo aguajero, que no es resistencia, sino complicidad. Una traición disfrazada que prolonga el sufrimiento.

Se ha desarrollado un sistema de control que opera bajo fachada de legitimidad. Organiza sufragios embaucadores, manipula al Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral, reprime a los disidentes, inhabilita a los adversarios y silencia la crítica. No obstante, insisten en participar en procesos viciados y sin garantías, otorgándoles legitimidad que no tienen ni merecen. Esta ambigüedad -denunciar con palabras, pero actuar como si existiera un Estado de derecho- es contradicción y certeza de connivencia, que debilita al librepensador.





Mientras el régimen -en apariencia- se mantiene cohesionado alrededor del proyecto hegemónico, sus contrarios se deshacen en un caos de intereses contradictorios, que no son casualidad ni accidente, sino el resultado de ventajas útiles que la complacencia asegura en lo político y económico.

El lamento sin desafío no se traduce en un careo comprometido. Es síntoma de quienes temen más a la irrelevancia que a la dictadura; condenan las violaciones de derechos humanos, pero denigran las acciones contundentes; reclaman libertad, pero desmovilizan a la ciudadanía; gritan fraude, para luego intimar con sus verdugos.

La autocracia perversa, explota debilidades con falsas concesiones, alardeando con procacidad que libera a algún preso político, permite el regreso de un exiliado o autoriza una misión humanitaria. Migajas celebradas como «avance democrático», mientras el oficialismo cuenta con poderes dóciles y una fuerza represiva implacable que sigue sembrando terror. Esta dinámica los convierte en partícipes y encubridores -involuntarios o no-, reflejando que, en lugar de exigir cambios estructurales, se conforman con el despojo que carcome la credibilidad de la lucha por la libertad y la democracia.

Pero hay rivales funcionales al oficialismo. ¿Oposición o cooperación encubierta? Su incapacidad para generar presión efectiva -ya sea por influencia externa o cálculo electoralista- los consagra como representantes que prolongan la agonía. Un ejemplo contundente es la insistencia en presentarse en deliberaciones insalubres, como si el tiempo y el desconsuelo fueran recursos infinitos.

Quienes sirven a la tiranía terminan siendo culpables de su propia derrota y del sufrimiento ajeno. Otorgaron fachada de pluralismo, negociaron la inhabilitación de críticos a cambio de limosnas, como curules en un parlamento sin poder; priorizaron el cálculo electoral sobre la unidad, fragmentándose para facilitar la represión contra la mayoría genuina. Se convirtieron en oposición controlada, validando la falsa narrativa de diálogo mientras se consolidaba el abuso. Al final, su destino fue, es y será la irrelevancia, descartados cuando ya no fueron útiles y desenmascarados como colaboracionistas. La historia los juzgará por haber prolongado la dictadura que decían combatir.

Venezuela no necesita de gimoteos ni suspiros, mientras mercantilizan un romance con quien los maltrata, aceptando condiciones inadmisibles, ramplonas, como ilegales relanzamientos partidistas y groseras habilitaciones. El país exige una oposición valiente, coherente y unida que priorice el mandato popular del 28J, capaz de articular a la ciudadanía para restaurar la democracia. La autocracia no se combate con medias tintas, ambigüedades, lamentos fingidos y estériles. Se debe asumir el papel histórico de resistencia pacífica que despierte la esperanza de un pueblo agotado por décadas de avasallamiento. De lo contrario, corre el riesgo de ser recordada no como la fuerza que liberó a Venezuela, sino como la que, por vagabundería, omisión o cálculo, permitió que la tragedia continuara.

Como se ha dicho: «En tiempos de tiranía, la neutralidad es complicidad». Es hora de elegir de qué lado de la historia se quiere estar. ¿Seguirá el lamento hipócrita que no se atreve a desafiar, o se convertirá en la luz de resistencia que el país anhela? La respuesta definirá su legado y el futuro de millones de venezolanos que aún sueñan con libertad.
@ArmandoMartini