La vida de Teresa de Calcuta, la monja que ayudaba a morir a los pobres y fue acusada de vínculos con dictadores - LaPatilla.com

La vida de Teresa de Calcuta, la monja que ayudaba a morir a los pobres y fue acusada de vínculos con dictadores

Teresa de Calcuta

 

“La muerte es el escalón más alto del ser humano. Una persona alcanza ese estado más alto cuando muere en paz con Dios. Ver como sufren su destino es también algo maravilloso. Sufren como Jesucristo en la cruz y así se acercan a él”, llegó a decir, porque si se hace una síntesis de su vida, para ella lo más importante era la muerte. Cuando se cumplen 115 años del nacimiento de la monja que fue santificada como la Madre Teresa de Calcuta, su figura sigue provocando controversias. Todo el mundo reconoce la imagen de esa mujer baja y enjuta, de rostro arrugado y mirada intensa, rescatada oficialmente por el Vaticano por su labor con los moribundos, pero a la vez cuestionada por su exaltación del dolor como camino de purificación. Tanto que entre estos últimos el escritor estadounidense Christopher Hitchens llegó a llamarla “Ángel del Infierno” como contrapartida de su santidad y el argentino Martín Caparrós la describió como una mujer extrañamente fascinada por el dolor y la muerte. Ella misma decía que en sus tanatorios la misión no era salvar las vidas de los enfermos sino de acompañarlos hasta que murieran.

Por infobae.com





Agnes Bojaxhiu, que así se llamaba, nació en Uskub – la actual ciudad de Skopie, Macedonia del Norteel 26 de agosto de 1910. Era hija de una familia albanesa acomodada y fue educada estrictamente en la fe católica, una religión que abrazó con fervor desde muy chica, tanto que a los 17 años dejó su casa y la comodidad de la vida familiar para ingresar en la orden de la Virgen de Loreto en Irlanda y continuó con su noviciado en la India. “De sangre soy albanesa. De ciudadanía, India. En lo referente a la fe, soy una monja católica. Por mi vocación, pertenezco al mundo. En lo que se refiere a mi corazón, pertenezco totalmente al Corazón de Jesús”, solía describirse a sí misma cuando su orden ya era famosa por su controvertida obra.

Ella misma contaba que recibió el “llamado de Dios” en septiembre de 1946, durante un largo viaje en ferrocarril a Calcuta, en el que descubrió que su misión era la de ayudar y asistir a los más pobres de entre los pobres. Tan convencida estaba que pidió permiso al papa Pío XII para abandonar el convento, irse a vivir a Calcuta y fundar una nueva orden. Todo eso le fue concedido y se convirtió en la creadora de las Misioneras de la Caridad. Desde entonces vistió siempre el atuendo de los más pobres de India: el sari blanco con tres franjas azules con que la conoció el mundo entero. De esa decisión escribió en su diario: “Nuestro Señor quiere que sea una monja libre cubierta con la pobreza de la cruz. Hoy aprendí una buena lección. La pobreza de esta gente debe ser algo muy difícil para ellos. Mientras buscaba por un hogar caminé y caminé hasta que mis brazos y piernas me dolieron. Pensé entonces qué tanto debía dolerles a ellos en su cuerpo y alma, buscando por un hogar, por comida y por tener salud. Por mi propia elección, mi Dios, y porque te amo, deseo permanecer y hacer lo que sea que tu Santa voluntad me pida”.

“Morir con dignidad”

Tenía 42 años cuando, en 1952, inauguró el primer hogar para moribundos en Calcuta. Luego de obtener ayuda de diversos funcionarios indios, convirtió un abandonado templo hindú en el Hogar para moribundos “Kalighat”, un hospicio gratuito para los pobres. Tiempo después su nombre se modificó a “Kalighat, la casa del corazón puro”. A todos aquellos que llegaban a Kalighat, la Madre Teresa, como pasó a llamarse, les ofrecía una mínima atención médica, pero sobre todo la oportunidad de “morir con dignidad” de acuerdo con los rituales de su propia fe: los musulmanes leían el Corán, los hindúes recibían agua del Ganges y los católicos obtenían los últimos ritos.

En una entrevista de 1970 contó cómo había conseguido su primer tanatorio: “A mí me ocurrió el primer caso, el de una mujer tirada en plena calle. Se la estaban comiendo las ratas y las hormigas. Yo la llevé al hospital, pero no podían hacer nada por ella. Tuvieron que aceptarla, porque yo dije que no me marchaba de allí en tanto no se hiciesen cargo de ella. Después fui al ayuntamiento pidiendo me diesen un lugar donde meter a tales desgraciados, porque ya en el mismo día, había encontrado a otros que también se morían en mitad de la calle. El administrador encargado de la salud pública me señaló el templo de Kali. El edificio estaba vacío; me preguntó aquel señor si lo quería. Yo me sentí contenta de poseer tal casa por diversas razones, particularmente porque era un centro de culto y de devoción de los hindúes. En veinticuatro horas condujimos allí a nuestros enfermos y lisiados. Desde entonces hemos recogido por las calles de Calcuta más de veinte mil personas, de las cuales ya han muerto cerca de la mitad”.

La monja albanesa describía así el proceso hacia la muerte que les ofrecía a quienes llegaban al tanatorio: “Para personas que vivieron como animales, una muerte hermosa es morir como ángeles, amados y queridos”.

Una década después de haber fundado su primer hogar del moribundo, con el visto bueno del papa Pablo VI, la orden comenzó a propagarse por el mundo. Primero estableció su congregación en Venezuela y más tarde inauguró establecimientos en RomaAustria y Tanzania. Con el correr de los años, las Misioneras de la Caridad se expandieron por América, Asia, África y Europa. Para 1997, la orden tenía 610 misiones en 123 países, incluidas tareas en hospicios y hogares para personas con Sida, lepra y tuberculosis, comedores populares, programas de asesoramiento para niños y familias, orfanatos y escuelas.

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