
“Lo que más me gustaba era la caza, el desafío. La muerte, para mí, era secundaria. Pero el desafío del acecho y hacerlo con éxito, me excitaba muchísimo”, explicó Richard Kuklinski cuando ya tenía dos cadenas perpetuas sobre sus espaldas y pasaba los últimos días de su vida detrás de las rejas. Para entonces había confesado más de cien asesinatos —aunque sólo le habían podido probar seis— y se lo conocía como “Iceman”, el hombre de hielo, no sólo por la frialdad con que cometía sus crímenes sino por la peculiar manera que, al final de su carrera, despistaba a la policía: no se deshacía inmediatamente de los cadáveres de las víctimas sino que los mantenía congelados durante mucho tiempo antes de abandonarlos en algún lado para que los investigadores creyeran que se trataba de una muerte reciente. Fue, sin embargo, ese método el que hizo que los agentes federales le echaran el ojo, lo investigaran y finalmente lo detuvieran el 17 de diciembre de 1986.
Por infobae.com
Con 1,94 metros de estatura y casi 140 kilos sin una gota de grasa, Kuklinski era un tipo imponente, cuya sola presencia provocaba temor. Había matado como sicario de la familia Gambino, una de las cinco de Nueva York, pero también había asesinado por su cuenta, para cobrarse alguna venganza, para deshacerse de más de un cómplice incómodo o simplemente por el placer de “cazar”. Incluso mató al azar, para probar nuevos métodos antes de asesinar a los “objetivos” que le asignaban, y tuvo una gran versatilidad: además de los clásicos cuchillos y armas de fuego llegó a utilizar cianuro, sogas y hasta una ballesta.
En el mundo del hampa se lo conocía como un hombre con códigos: mantenía a su familia al margen de su profesión —las dos esposas que tuvo creían que se dedicaba al comercio— y aunque no ponía reparos en asesinar a cualquier hombre, jamás mató a una mujer. De hecho, dejó de hablarle para siempre a su hermano mayor, Joseph, cuando supo que había violado y asesinado a una chica de 14 años. Para Richard Kuklinski matar tipos era una actividad lícita, pero dañar a las mujeres era una aberración. Esa era su regla de oro, pero como toda regla tenía una excepción: acostumbraba a “disciplinar” a golpes a sus dos esposas, y a sus hijas también.
Crecer en la violencia
La violencia intrafamiliar fue la primera que conoció Richard Kuklinski, casi desde el momento en que llegó a este valle de lágrimas en Nueva Jersey el 11 de abril de 1935. Su padre, Stanley —nombre que adoptó al llegar a los Estados Unidos— era un inmigrante polaco que trabajaba en el ferrocarril; su madre, Anna McNally, hija de inmigrantes irlandeses, dividía el tiempo entre su empleo en una envasadora de carne y una asidua asistencia a la iglesia católica del barrio. Los dos le pegaban a Richard, aunque por razones diferentes: Stanley solía molerlo a golpes cuando volvía borracho después de la jornada laboral; Anna utilizaba un palo de escoba para motivarlo a seguir las enseñanzas de la Biblia.
Tantos golpes lo convirtieron en un chico timorato y retraído, actitudes que contribuyeron a que sus compañeros de escuela y los pequeños pandilleros del barrio lo hicieran blanco de golpes y burlas. Incapaz de enfrentar la violencia de sus pares, Richard descargaba su frustración con cuanto animal se le cruzaba en el camino: empezó a torturar y estrangular gatos y perros. Dejó de hacerlo cuando lo descubrieron quemando el gato de un vecino y se produjo un escándalo descomunal que terminó con una brutal paliza de su padre.
Parecía destinado a ser una eterna víctima de todo tipo de abusos, pero una tarde, cuando tenía 13 años, se desató la violencia contenida que llevaba en su interior. Fue después de que una de las tantas pandillas del barrio, la capitaneada por Charlie Lane, le propinara una paliza. En lugar de ir a llorar por los rincones, esa vez Richard decidió vengarse. Esa misma noche esperó a Charlie en una esquina oscura, lo golpeó en la cabeza con una barra de hierro y cuando lo tuvo en el piso siguió pegándole hasta que quedó muerto en medio de un charco de sangre. Después le arrancó los dientes y le cortó los dedos de las manos. La policía ni siquiera pensó en Richard al buscar sospechosos porque puso el foco en las otras pandillas del barrio y el tímido adolescente Kuklinski no pertenecía a ninguna de ellas. Eso le produjo una poderosa sensación de impunidad que lo acompañaría por el resto de su carrera criminal.
Poco después consiguió trabajo como auxiliar en un laboratorio fotográfico especializado en el revelado de películas. El dueño estaba contento con él, siempre dispuesto a trabajar las horas que fueran necesarias. Lo que el hombre no sabía es que, por las noches, cuando se quedaba haciendo extras, Richard copiaba películas porno para venderlas en su propio beneficio. Sus compañeros de trabajo no lo querían porque acaparaba todas las horas extras y lo denunciaron al sindicato. Una noche, al salir del negocio, mientras atravesaba una plaza, se encontró cara a cara con el delegado sindical, que lo intimó a que compartiera las horas con los otros trabajadores del laboratorio. Richard se negó y siguió su camino hasta que sintió que el delegado le apoyaba una mano en el hombro para detenerlo. Su reacción fue brutal: se dio vuelta y sin pronunciar una palabra le pegó un puñetazo que lo desparramó en el suelo. De hecho, lo mató porque al caer la nuca del hombre golpeó contra el borde de un banco de la plaza y quedó frío. Con total frialdad, Richard consiguió una cuerda y colgó el cadáver de un árbol para simular un suicidio. El crimen quedó sin resolver y su sensación de impunidad siguió creciendo.
Sicario de la mafia
La venta de copias pirata de películas porno lo puso en contacto con la mafia neoyorquina, que se convirtió en uno de sus clientes. En esa sociedad tuvo algún problema de dinero con la familia Gambino, que le encargó a uno de sus culatas, Roy De Meo, que le diera una elección. El gánster y dos pesados más lo fueron a buscar y le dieron golpes para que tenga y guarde, pero los aguantó bien. Impresionado, De Meo le propuso que trabajara con ellos y Kuklinski aceptó sin vacilar. Así se convirtió en cobrador de deudas y sicario. Para que lo incorporaran a la familia tuvo que pasar una prueba de fuego: De Meo lo llevó a un parque y le pidió que eligiera una víctima. Después de un rato, Kuklinski eligió a un hombre que estaba paseando a un perro, se le acercó, le pegó un tiro en la cabeza y huyó.
Aprobado con honores, le ofrecieron su primer contrato para matar. “Me dieron una foto del tipo y me dijeron lo que hacía y adónde iba. Tenía el hábito de fumar puros. En esa época manejaba una motocicleta. Me paré al lado y le dije: ‘¿Son cubanos? Parece un buen cigarro’. Me contestó: ‘Andá al carajo’, y cuando hizo eso me miró y vi su cara. Le dije: ‘No, yo no me voy al carajo, al carajo te vas vos’. Saqué mi pistola y le volé la cabeza. Se desintegró como si le dieras a un zapallo con una escopeta”, contó cuando ya estaba preso de por vida. Le pagaron 5.000 dólares por esa muerte.
De ahí en más cometió una larga serie de crímenes por encargo. Le gustaba variar los métodos: podía matar con armas de fuego, con cuchillos, a golpes con barras de hierro, con un picahielos y también con cianuro. Casi siempre se deshacía de los cuerpos metiéndolos en barriles de aceite y arrojándolos en un lago. Tampoco tenía reparos para torturar cuando sus encargos incluían hacer sufrir a las víctimas: las ataba, les hacía cortes con un cuchillo por todo el cuerpo y las tiraba, todavía vivas, en una cueva llena de ratas para que las devoraran. Para que sus jefes comprobaran que la misión había sido cumplida, filmaba todo el proceso. Para entonces su tarifa por contrato era de 50.000 dólares.
En sus ratos libres mataba también por placer, eligiendo sus víctimas al azar, quizás para repetir aquel primer encargo de De Meo. Deambulaba de noche hasta que se cruzaba con alguien que le pareciera el indicado y lo ejecutaba. También asesinaba ante la más mínima provocación. En una entrevista que dio en la cárcel contó el caso de tres chicos que se burlaron de él al sobrepasar su auto. Aceleró, los superó, les cruzó el vehículo, se bajó y los mató a tiros.
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