
“En realidad no sabemos dónde está, no hemos tenido comunicación con él”. La última vez que Gloria Morales vio a su hijo Rosmel Méndez fue el 26 de julio de 2025. “En esa oportunidad me dijo que les habían dicho que los iban a trasladar, pero no les dijeron dónde”, recuerda.
Por Connectas
Méndez es uno de los 32 presos políticos condenados por la operación Gedeón (2020) que se encontraban en el Sebin Helicoide. Condenado a 25 años de prisión, el año pasado, y en distintas fechas, fueron sacados de esa cárcel y desde entonces se desconoce su paradero.
El Comité por la Libertad de los Presos Políticos registra que, de poco más de mil presos políticos, 201 personas están actualmente en desaparición forzada. En medio del proceso de excarcelaciones que se adelanta desde el 8 de enero, algunas personas que habían sido reportadas como desaparecidas han podido tener contacto con sus familiares o algunos excarcelados han confirmado que se encontraban en su centro de reclusión.
Un ejemplo de ello es Rafael Tudares Bracho, yerno de Edmundo González. Desde el momento de su detención, el 7 de enero de 2025, el abogado estuvo aislado e incomunicado. A su esposa, Mariana González, le comunicaron en medio del proceso judicial que se encontraba en la cárcel de máxima seguridad Rodeo I. Sin embargo, no fue sino hasta el 16 de enero de 2026 que pudo verlo, a través de un vidrio de seguridad, por espacio de 20 minutos. Cinco días después fue liberado bajo medidas cautelares.
Pero en el caso de los “gedeones”, como les llaman, esa “fe de vida” que exigen sus familiares no ha sucedido.
“Yo como madre me siento desesperada al no saber de mi hijo”, dice Morales. En cinco meses no ha podido tener siquiera una llamada telefónica o una confirmación oficial sobre el paradero de Méndez. Al igual que al resto de las madres, les han dicho que podría encontrarse en el Centro Nacional de Procesados Militares Central (Cenapromil Central), mejor conocido como el fuerte Guaicaipuro.

En cuatro oportunidades, al grupo de madres se les ha negado información. Incluso denuncian que han sido objeto de amenazas y vejámenes por parte de los custodios. “Es preocupante, es angustiante. Yo no sé realmente si está bien”, reitera Morales.
La Organización de Naciones Unidas ha señalado que la desaparición forzada produce una triple afectación: a la persona desaparecida, a su núcleo familiar y, por último, a la sociedad.
“La desaparición forzada se usa a menudo como estrategia para infundir el terror en los ciudadanos. La sensación de inseguridad que esa práctica genera no se limita a los parientes próximos del desaparecido, sino que afecta a su comunidad y al conjunto de la sociedad”, ha destacado la ONU en su convención internacional, de la cual el Estado venezolano es firmante.
Tanto la Convención (aprobada en 2006) como el Estatuto de Roma, que rige la función de la Corte Penal Internacional, señalan que cuando las desapariciones forzadas se ordenan o producen como parte de un “ataque generalizado o sistemático” dirigido a cualquier población civil, éstas pueden calificar como un crimen contra la humanidad y, por tanto, no prescriben.
La Misión de Determinación de Hechos y organizaciones como Amnistía Internacional han denunciado esa “sistematicidad”. Las autoridades venezolanas han desechado sus argumentos.
“La desaparición forzada es el secuestro, la no presentación ante un órgano policial o judicial de la persona y su posterior asesinato. Una desaparición forzada exprés no existe. No se pongan a inventar cosas”, dijo el fiscal Tarek William Saab en febrero de 2025.
Desaparición forzada de militares
Madres, esposas y hermanos también se han unido para conocer el paradero de 16 militares que el 3 de noviembre de 2025 fueron sacados de la cárcel de Ramo Verde (Los Teques). A estos hombres, todos con sentencia cumplida, se les ordenó recoger sus pertenencias, pues serían trasladados a tribunales para recibir su boleta de excarcelación. Nunca llegaron.
El capitán Ronald Marrero es uno de ellos. El 23 de febrero del año pasado cumplió su condena por el delito “contra la seguridad de la FANB”. A los familiares se les dijo que fueron trasladados al fuerte Guaicaipuro, pero los custodios niegan que se encuentren en ese lugar o les dicen que esperen una llamada telefónica.
“No sabemos nada de él, en qué condiciones está su salud ni nada por el estilo. Necesitamos ayuda inmediata, que sea su libertad porque él ya pagó la condena que le impuso un tribunal”, dice su madre.
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