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El apretón de manos con una inclinación particular; colocar los dedos índice y pulgar como compases, mientras se pronunciaba determinada pregunta ritual; el caminar a paso inusual mientras se inspecciona una obra terminada o por terminar. Tales eran, algunos de los gestos con los que, los muy experimentados canteros masones, entre los siglos XII y XVI, acreditaban la posesión de los grados —aprendiz, compañero o gran maestro cantero masón— requeridos para determinada edificación.
Siglos después, la camorra napolitana, con la “mano a borsa”, el porte de “Il Guappo” o el pasarse el dedo pulgar lentamente alrededor del cuello, dejaban constancia, del escalafón de cada integrante de la pandilla.
En Latinoamérica, esa práctica, la encontramos entre los compinches de la Mara Salvatrucha y más recientemente, en los vituperados Trenes de Aragua y de Miraflores.
Apenas el susodicho Secretary of the Interior, traspuso el umbral del salón en el que se disponía a transmitir la órdenes inapelables de su jefe, reconoció (“por el tumbao que tienen los malandros al caminar” cual Pedro Navaja) al sujeto por cuya captura se ofrecía y se siguen ofreciendo 25 millones de dólares.
Entre “El Hombre del Mazo Dando” –como se conoce, al último de los nombrados– y el referido enviado extranjero se produjo un amor a primera vista, ratificado por el lenguaje corporal. Igual a los cófrades referidos al comienzo. A saber:
“El Iluminado de El Furrial”, como también se hace llamar, procedió a extraerse el cerumen de su oreja derecha con el meñique de su mano izquierda, chupandose de inmediato, el metatarso de la extremidad aludida en último término. En la escatología corporal, de aquellos dos señores sin, necesidad de articular palabra, semejantes modales se traducen textualmente así:
—Oiga míster, ¿Usted es uno de los colaboradores del gran jefe, que indultó a un tal Changpeng Zhao, convicto y confeso, entre otros pecadillos, del blanqueo de dinero proveniente del narcotráfico para que, una vez libre, el chinito en cuestión, invirtiera 200 millones en las empresas de los dos hijos de quien lo perdonó de manera plenaria, inversión que para mi –dicho sea muy de paso— representa una bagatela? Si es así, respóndame, míster ¿Qué he hecho yo, que no haya perpetrado, el susodicho, Changpeng, como para que no me indulten, express, sin anestesia y me indiquen cómo, cuándo y dónde debo colocar el consiguiente depósito?
A estas alturas del episodio, el visitante extranjero, ya se encontraba en el epicentro de aquel cenáculo, cara a cara con su referido interlocutor gestual. Pero en lugar de “ponerle los ganchos”, como muchos clamaban, cobrar la recompensa y zamparlo en un calabozo del Metropolitan Detention Center de Brooklyn —igual que a dos de sus supuestos compinches– so pretexto de la “real politik” o de la cochina política, como se prefiera llamarla, el visitante le extendió su mano derecha para darle un afectuoso: “¡Mucho gusto, great to meet you!”
Y a partir de entonces, blindados por la confidencialidad del idioma gestual, públicamente y sin ni siquiera abrir sus bocazas, los nuevos “partners” o altospanas, comenzaron el comadreo:
—¡Esa es una “bicha” míster –expresó el primero rascándose las partes pudendas para darle mayor énfasis a su delación. Créalo, míster. Ella a nuestro Gran Jefe lo apoda “cariñosamente”, “Mi Catire”, pero a sus espaldas le monta cuernos petroleros, políticos, financieros, con lingotes como en el Aeropuerto de Barajas. Con Xi Jinping, el gordito de Norcorea, con el gobernador de Groenlandia, con el Hamas, con el Hezbolá.
—¡Mandémosla pa’ dicha penitenciaría –le “texteó” el otro gestualmente, al soplarse la nariz en su corbata de USD 500.
El visitante era desconfiado. Para estar sobreseguro, había traído sus poderosos lentes superinteligentes y a través de los rayos “X” del aparatejo quedó convencido de la calidad de soplón-genuflexo de su interlocutor. La prueba irrefutable fueron los calzoncillos de este último, made in China, húmedos —porque el miedo es libre— estampados con el rostro del jefe Supremo, quien gracias a los gadgets con su efigie —peluquín o implante capilar incluidos— no solo se automasajea su automasajeado ego, sino que, se mete sus millones.
—¡Sí! ¡Mandémosla pa´ Brooklyn y repartámonos “la cochina” —exclamó no sabemos cuál de los dos comanditarios.
—¿Me van a mandar pa´ dónde, so imbéciles? —la presidenta (e) como lo que es, una cófrade más, interfirió aquel diálogo con el nada púdico gesto corporal de arremangarse el corsé que le sirve, para redondear sus bellezas naturales.
—Y no los pongo ¡presos, caraj…! –remachó la señorona— porque hasta para lo más fisiológico tengo que pedirle autorización a “Mi Catire”.
Ese teleculebrón, continuará, corregido, aumentado pero sobre todo, más depravado.
Pobre Venezuela.
@omareestacio
EPÍGRAFE SUGERIDO: Pero en lugar de “ponerle los ganchos” y cobrar los 25 millones de recompensa, so pretexto de la “real politik”, el enviado del Gran Jefe, le extendió su mano para un: “¡Mucho gusto, great to meet you!”
