Lapatilla
La frase «con calma que estoy apurado» es atribuida a Sir Wiston Churchill, la cual nos invita a hacer las cosas bien cuando el tiempo apremia puesto que de la prisa, además del cansancio, puede un resultado ser indeseable si lo que nos ocupa –lo que mueve nuestro apuro– afecta a una cantidad respetable de personas, incluyendo la confianza de ellos en nosotros. Una versión criolla de la frase churchiliana es la atribuida a Eleazar López Contreras quien abrumado por el alud de insatisfacciones del pueblo venezolano no consuguió mejor frase que «calma y cordura» en un país que bien podía apelar al irreverente argumento del bisoño teniente del Rey, Simón Bolivar, que gritó a Juan Germán Rocio –en aquellos confusos días del Congreso de marzo de 1811– ¡Es que 300 años de calma no bastan!
¿Es este el momento de un sensato acompasar del aluvión emocional que reclama acción y cambio; o la brutal desalineación del sistema político y los sobrevenidos acontecimientos del 3 de enero reclaman decisiones de avance hacia la transformación del sistema político que –simultáneamente– riele por el tendido de vías que nos alejen del mantenimiento del viejo régimen que nos condujo a la ruina económica, el salto-atrás político y el rezago social?
En los últimos 30 años hemos sido víctimas de un experimento político que, visto en retrospectiva, fue fallido incluso en los bocetos que audazmente sus promotores trazaron para consumo propio, espoleados por la premura de la delirante felonía que irrumpió el 4F y el 27N y que emocionó a los vengadores de relatos con visos épicos, descriptora de un país melancólico, con una democracia debilitada, sin visión ni misión formulada, que con despecho se lanzó a los brazos de unos salvadores que traían a voz de cuello una denuncia y una ideología de reemplazo. Los «vengadores del pueblo» apelaron a la fórmula de la refundación desde el uso de las armas que si bien no era convincente, como argumento obligaba a un acatamiento forzado. Argumentaban, afiebrados, desde un juramento retórico que superaba cualquier doctrina jurídico política, obrar en nombre del pueblo que, a su decir, languidecía entregado al desencanto por la burla de 40 años de un sistema injusto y que presumían moribundo. Su fórmula era simple: había que borrar la causa de la desgracia popular: ¿Había corrupción? Si ¿Había pobreza? Si ¿Había desencanto? Si ¿Habían responsables? Si. Los salvadores de la patria –invocando a Bolívar y a Ezequiel Zamora– coagularon la emocionalidad popular a su favor y, en un intermedio de racionalidad y lucidez optaron por participar, junto a los responsables del descalabro político económico y representantes del sistema agónico, en las elecciones generales de diciembre de 1998 ¡Y ganaron! Lo cual podía significar el primer mentís de la propagandeada falsedad sobre un sistema que solo podía ser echado por las armas.
Delirantes hasta el paroxismo, la realidad de gobernar puso el foco en otra diferencia: la revolución salvacionista carecía de una propuesta viable que le abriera las puertas ya no tanto al cambio como operación visible de funcionalidad que dejaría atrás al vetusto sistema derrotado por el pueblo por votos, sino que por lo menos evidenciara que los males denunciados, una vez derrotados le darían paso a un proceso de prosperidad nacional –de derecho y justicia– en el encuadre de un plan: pero no había plan. Solo tenían a Bolívar, a Zamora, a Guicaipuro y hasta al Cabito Cipriano Castro. El plan lo tenían los derrotados ese diciembre: los dolientes de Carlos Andrés Pérez, los aferrados a la insulsa «democracia representativa» que había sobreseido las causas criminales de quienes luego les propinaron una derrota; y que sí tenían un plan que fue calificado en su momento como «el paquete» y formulado como «el gran viraje».
El ‘plan’ del proceso chavista fue una formulación ideológica de corte fascista –caudillo, ejército, pueblo– enunciada como socialismo del siglo XXI y cuya exigencia fue la ridícula solicitud del novel militar presidente: un millardito para arrancar la gestión, petición presentada sin justificación de gastos ni fuentes financieras de origen. Ahí comenzó el desbarajuste económico financiero y el desborde corrupto evidenciado en la dilapidación clientelar, que durante 27 años y aún se mantiene como el más escandaloso proceso de destrucción de un país; entrando la nación en un sistema político inestable, parcelado por la edificación de un régimen de parcelamiento corporativo, en el cual los compartimientos de operación de gestion se reparten el presupuesto nacional y local de acuerdo a las influencias y poder de las facciones internas para una acción distributiva incontrolable, improductiva y carente de correlacion con algún plan de desarrollo, más allá de la retórica populista clientelar. Y desde luego, todo soportado por un enrejamiento represivo de control social que ha convertido el sistema constitucional en una caja negra sin correspondencia a la institucionalidad y maleable a los intereses particulares de los factores constituyentes de la satrapía. En fin un sistema político kakistocrático, autoritario, pretoriano y sometido al vasallaje de China, Rusia y ejes confesionales como Irán. Hoy es de dominio público que «el experimento» fracasó. Fue traficado como un proceso político humano que 27 años después tiene como catedral sórdida de sus ejecutorias El Helicoide, altar diabólico de la negación de todo cuanto se pueda concebir como humanismo, participación y protagonismo democrático, decencia política y compasión.
La nación venezolana, sus ciudadanos, estamos preparados para asumir el protagonismo responsable para reconstruir el país: la tragedia nos hizo universales. En un proceso inaudito, nuestro pueblo, lastimado hasta la hez, despreciado por el régimen chavomadurista, es millonario en experiencias; nuestros jóvenes portan en sus manos, en su conciencia y en su voluntad creadora y experiencia laboral la sumatoria de mil pueblos: somos la nación más conocida de la tierra. Sabemos cuanto vale un país. Hemos vivido, a veces silenciosos, a veces indignados, otras veces brindando la vida, cómo se ha destruido el país.
Esta tragedia le abrió campo al liderazgo telúrico más formidable que hemos tenido en cinco décadas y sin concesiones ni cuotas; La Providencia se lo ha entregado a una mujer. Nunca como ahora tenemos tanta energía y tanta determinación de dejar en el pasado esta etapa con sus personajes sórdidos y patéticos; nunca como ahora hemos acompañado nuestro paso al futuro con el coraje de perdonar. Solo llevamos en el alma el aletear del vuelo de nuestros héroes.
Nunca como ahora –acusados por la felonía como traidores– hemos amado tanto a nuestra Venezuela.
Estamos preparados para hacernos cargo del país. Nunca como ahora hemos aprendido que la política y el poder tienen como único sentido servir. Nos acompaña la frase de Gallegos a Leonardo Ruiz Pineda: somos el país de la gozosa audacia.
Nuestro apuro es descontar el tiempo perdido. Nuestra cordura es que no hay tiempo que perder. Somos el cambio, no somos sus víctimas. Nuestra calma se llama agradecimiento.
¿Qué estamos esperando?
JVMJ.11.3.2026.
