La Otra Cara: La estirpe de los inadaptados: el caudillismo liberal y nacionalista antigomecista (II), por José Luis Farías - LaPatilla.com

La Otra Cara: La estirpe de los inadaptados: el caudillismo liberal y nacionalista antigomecista (II), por José Luis Farías

II. El sustrato: la herencia de una traición

Para entender a estos hombres —y esto es algo que don Mariano Picón Salas enseñó mejor que nadie— hay que entender primero la Venezuela que los parió. No una Venezuela abstracta, sino la que duele y se piensa desde la herida, porque como escribió Picón Salas en Los días de Cipriano Castro y en esos registros suyos donde el ensayo se vuelve confesión, la dictadura de Juan Vicente Gómez no fue una pausa en la historia sino la forja dolorosa de un país moderno a contrapelo de su propia libertad. Esa Venezuela del largo gomecismo, esos veintisiete años de paz forzada, de modernización autoritaria a fuerza de petróleo, de silencio impuesto. Pero también, como lo intuyó Picón Salas con su mirada de historiador entrañable, una época donde el poder se volvió geografía: los Andes como cuna de una élite que impuso el orden con mano de terrateniente y ojo de montaña. Juan Vicente Gómez no era solo un dictador: era un sistema. Una forma de entender el poder que venía de los Andes —de ese Táchira profundo, de esas montañas que todo lo ven y todo lo controlan— y que se extendía sobre el país como una mancha de aceite, lenta, implacable, definitiva. Por eso, para Picón Salas, descifrar a aquellos hombres era antes descifrar el territorio que los formó y el silencio que los obligó a hablar entre líneas.





Frente a ese poder, los caudillos antigomecistas no eran simples alzados. Eran, antes que nada, herederos. Herederos de una tradición liberal que venía del siglo XIX, de la Guerra Federal, del guzmancismo, de ese Partido Liberal que había sido —con todas sus contradicciones, con todos sus pecados— el vehículo de las aspiraciones de la Venezuela costeña, llanera, central. Para ellos, Gómez representaba una traición. No solo una dictadura —que también—, sino algo más profundo: la usurpación del legado liberal por un puñado de andinos que habían convertido el poder en patrimonio familiar.

Allí el análisis de Domingo Alberto Rangel resulta ineludible. En su obra Los andinos en el poder, Rangel desmonta con crudeza lo que ya venía gestándose desde el siglo XIX: el desplazamiento del centro histórico del país —ese eje Caracas-La Victoria-Valencia que había sido el corazón de la República— hacia las montañas andinas. Con pluma de polemista y ojo de sociólogo, Rangel sostiene que el gomecismo no fue un paréntesis accidental sino la culminación de una invasión silenciosa, metódica, de hombres venidos del Táchira, Mérida y Trujillo que, valiéndose de su cohesión regional y su disciplina militar, terminaron por ocupar no solo el Estado sino también la conciencia misma del poder. Para Rangel, esa irrupción andina no era simplemente un relevo de élites: era una mutación en la forma misma de entender la dominación, donde el compadrazgo, el control territorial y la lealtad de montaña se impusieron sobre el antiguo verbo liberal. Por eso, cuando los caudillos antigomecistas tomaban las armas, no peleaban solo contra un dictador; peleaban contra toda una geografía que, como escribiera Picón Salas, había aprendido a gobernar desde la altura, mirando al resto del país como una llanura que debía ser vigilada.

Hay fechas que el calendario se empeña en sepultar y otras que vuelven, tercas, como heridas mal cerradas. Para estos hombres, la fecha era siempre la misma: 1908, el año en que Gómez derrocó a Cipriano Castro y comenzó su largo reinado. Desde entonces, todo fue exilio y conspiración, espera y fracaso, intento y derrota. Como aquel Racamonde que recordaba Tejera —muerto en La Rotunda en septiembre de 1908, justo cuando empezaba todo—, ellos también fueron víctimas de un régimen que confundía orden con represión.

Pero había algo más. Algo que los diferenciaba de los viejos caudillos del XIX y que los acercaba, sin saberlo, a los movimientos nacionalistas que empezaban a gestarse en el Caribe y América Latina. Ese algo era el nacionalismo. No el nacionalismo abstracto de los himnos y las efemérides, sino uno más concreto, más visceral: el odio al predominio andino, la reivindicación de esa otra Venezuela —la del centro, la de la costa, la de los llanos— que se sentía desplazada, humillada, colonizada por los montañeses.

Porque el nacionalismo que ellos levantaron como bandera no era el de los tratados ni el de las disquisiciones académicas. Era un nacionalismo de piel, de entraña, de experiencia vivida. Tenía, como todo nacionalismo auténtico, varios rasgos que conviene distinguir si se quiere entender su naturaleza y su fuerza.

Era, ante todo, un nacionalismo de exclusión: se definía menos por lo que afirmaba que por lo que negaba. Su energía provenía del resentimiento acumulado contra un centro de poder visto como ajeno, casi como una metrópoli interna. En esa geografía emocional, los Andes representaban la arrogancia del poder centralista, y la Costa o los Llanos encarnaban la virtud de lo postergado. No se trataba, pues, de una mera disputa regional, sino de una fractura ontológica: dos Venezuelas irreconciliables, una que mandaba y otra que obedecía.

Pero había también en ese sentimiento un rasgo que el historiador mexicano Enrique Krauze*, al estudiar los nacionalismos latinoamericanos, ha sabido identificar con agudeza: la tendencia a convertir el agravio histórico en mito fundacional. Para Krauze, en América Latina los nacionalismos populistas suelen nacer no de la exaltación de un proyecto común, sino de la herida abierta por una humillación real o imaginada. Esa herida, en lugar de cicatrizar, se vuelve bandera; y la memoria selectiva de la afrenta termina por legitimar la concentración del poder en quien se proclama redentor de los humillados. Así, lo que comienza como un movimiento de liberación regional corre el riesgo de transformarse, una vez en el poder, en una nueva forma de dominación, ahora investida de una voluntad nacional que admite pocos matices.

Este nacionalismo de la experiencia vivida, como bien lo describe Krauze, se nutre de una paradoja: se presenta como una reacción contra el centralismo, pero termina reproduciendo sus formas más autoritarias, pues quien se erige en vocero del «pueblo profundo» tiende a considerar cualquier disidencia como traición a la patria auténtica. En el caso venezolano, ese nacionalismo de la costa contra los Andes, del llano contra la montaña, no fue solo una reconfiguración del poder regional: fue el embrión de un estilo político que más tarde, en otras latitudes y bajo otros liderazgos, encontraría en la exaltación del resentimiento un combustible inagotable.

Así, aquel nacionalismo de entraña —tan distante del de los próceres inmóviles y las fechas patrias— llevaba ya en su seno la potencia liberadora y la semilla de su propia contradicción: porque un movimiento que nace del odio al predominio ajeno rara vez aprende, cuando alcanza el predominio propio, a ejercerlo sin caer en el mismo desprecio que un día denunció.

Era también un nacionalismo defensivo. Nacía no de la afirmación orgullosa de lo propio —aunque también, a su manera, lo era—, sino de la resistencia contra lo que se percibía como una ocupación. Los andinos no eran simplemente gobernantes: eran, en la imaginación de estos caudillos, extraños, advenedizos, usurpadores. Habían llegado desde sus montañas y se habían apoderado de un país que no era el suyo, imponiendo sus costumbres, sus hombres, su forma de entender el poder. El nacionalismo antigomecista era, en este sentido, una reacción contra la «andinización» de Venezuela, un intento de recuperar la patria secuestrada.

Era, al mismo tiempo, un nacionalismo territorial, profundamente arraigado en la geografía. No se trataba de una idea abstracta de nación, sino de una experiencia concreta de paisajes, de horizontes, de mares y llanos. La geografía, en estos asuntos, nunca es inocente. Urbina era falconiano, de esa península de Paraguaná que mira al Caribe como si quisiera escaparse, y su nacionalismo tenía el sabor salobre del mar, la amplitud de las costas, la cercanía de esas islas holandesas donde se conspiraba y se soñaba con la libertad. Arévalo Cedeño era apureño, de esos llanos donde la horizontalidad lo vuelve a uno libre o lo mata, y su lucha tenía la paciencia del ganado, la astucia del cazador, la resistencia del que sabe esperar. Delgado Chalbaud era hombre de mar, marino, cosmopolita, con esa mezcla de disciplina militar y visión internacional que solo dan los océanos, y su nacionalismo miraba más allá de las fronteras, sabía que la libertad venezolana se jugaba también en Curazao, en Trinidad, en Nueva York. Zuloaga Blanco era caraqueño de la aristocracia, de esos que creen, con razón o sin ella, que Caracas es Venezuela, y su nacionalismo tenía el refinamiento de los salones, la elegancia de las conspiraciones bien organizadas, la certeza de que la capital era el corazón del país.

Era, igualmente, un nacionalismo histórico. Apelaba a una memoria larga, a una tradición que se remontaba a la Independencia, a la Federación, a todas las guerras que habían forjado la nación. Los héroes del pasado —Bolívar, Páez, Zamora— eran convocados como testigos y como jueces. El gomecismo no era solo una dictadura: era una ruptura con esa historia, una traición a esos héroes. Restaurar la libertad era, también, restaurar la continuidad histórica, volver a conectar con ese hilo roto que unía el presente con el pasado glorioso.

Era, además, un nacionalismo excluyente. Porque todo nacionalismo, para afirmarse, necesita definir un «nosotros» y un «ellos». Y aquí el «ellos» eran los andinos. No todos los andinos, claro está —siempre había excepciones, siempre había montañeses en la oposición—, pero sí los andinos como categoría, como símbolo de lo extraño, de lo ajeno, de lo que no termina de integrarse. Esta exclusión tenía algo de injusto, algo de simplificación abusiva, pero también tenía la fuerza de todas las simplificaciones: la capacidad de movilizar pasiones, de aglutinar voluntades, de convertir el resentimiento en energía política.

Era, por último, un nacionalismo trágico. Porque estos hombres sabían, en el fondo, que su causa era imposible. Sabían que Gómez era demasiado fuerte, que el ejército era demasiado poderoso, que el país estaba demasiado cansado para seguirlos. Pero luchaban igual. Y esa lucha, condenada de antemano, daba a su nacionalismo una dimensión casi religiosa, una pureza que solo tienen las causas perdidas. No luchaban para ganar —aunque, por supuesto, esperaban ganar—, sino para no rendirse. Para demostrar que había quien resistía. Para dejar constancia de que la dignidad era posible.

Todos ellos, desde sus distintas orillas, miraban a los Andes con la mezcla exacta de desprecio y resentimiento que solo produce el exilio. Y en esa mirada, en ese odio que era también amor por su propia tierra, en esa reivindicación de la Venezuela que sentían secuestrada, construyeron un nacionalismo peculiar, contradictorio, a veces ciego, pero siempre auténtico. Un nacionalismo que no estaba en los libros ni en los discursos oficiales, sino en la sangre, en la memoria, en la geografía. Un nacionalismo que, como ellos, estaba condenado a la derrota, pero también, como ellos, destinado a sobrevivir en el ejemplo.

*Enrique Krauze ha desarrollado esta reflexión sobre el nacionalismo populista y el mesianismo político en América Latina en varias de sus obras, especialmente en  Redentores: Ideas y poder en América Latina (2011), donde aborda «el surgimiento del nacionalismo cultural y político» a lo largo del siglo XX a través de doce biografías entrelazadas; también en Siglo de caudillos (2013) y Biografía del poder (2014); y en El poder y el delirio (2008), donde analiza la figura de Hugo Chávez y su conexión con la tradición caudillista; y en El pueblo soy yo (2018), donde profundiza en las raíces históricas del caudillismo populista y su vínculo con los agravios reales que se transforman en banderas redentoras.