Juan Guerrero: Fin de mundo

Juan Guerrero: Fin de mundo

Mi madre me contó que en Coro, cuando ella era una niña, allá por los años ‘20s., anunciaron el fin del mundo.

Ella vio en pleno día cuando el sol se oscurecía y los gallos comenzaban a cantar, las gallinas se fueron a dormir mientras los perros aullaban de miedo.

Me decía que la gente salía de sus casas y entre lágrimas y abrazos se despedían. El dueño de la bodega regaló todos los víveres. Además, abrió una botella de ron y se la fue bebiendo mientras abrazaba a su esposa e hijos.





La algarabía era grande. La oscurana se apoderó del pueblo y muchos se arrodillaron en señal de arrepentimiento y suplicando misericordia al creador. Me decía que era tanta la gente llorando y lamentándose, que había mujeres desmayadas en la calle, hombres borrachos deambulando con sus “carteritas” de caña blanca entre las manos. Los niños lloraban y hasta el cura se cubrió con sotana negra y Cristo de palo santo mostrándolo al cielo.

En esos momentos la gente solo atinaba a pedir perdón y encender velas. Hubo uno que repartió sus morocotas de oro, otros daban sus enseres y otros más se confesaban en plena calle.

Todo el pueblo de Coro era una cueva de lobos de tanta oscuridad. Me decía que en plena calle los maridos confesaban a sus esposas los amoríos con mujeres de la “mala vida” en la zona de tolerancia y en el bar de Hilarión.

Nada parecía detener la confesadera de unos y el perdón de otras. El pueblo era puro llanto y ladrar y aullar de perros en el negro momento de ese infausto día. Solo se atinaba a escuchar de boca de las esposas los perdones y arrepentires de los maridos.

De pronto todo se hizo silencio. En lo más alto del cielo se empezó a ver un hilo de luz mientras el disco solar iba ocupando su puesto al tiempo que la luna se desplazaba gradualmente.

Todos se miraron medio asombrados, medio incrédulos. Poco a poco la gente empezó a tocarse y a balbucear medias palabras. Hasta que un borrachín salió trastabillando del botiquín de la esquina y con cara adormecida y muecas que asemejaban a los gatos de azoteas, exclamó: “Pero bueno! Van a seguir esperando el fin del mundo? No ven que bicho malo no se lo lleva ni el mismo diablo”.

Enseguida la gente reaccionó. Unos se volvieron a arrodillar en señal de milagro. Otros besaban el suelo, pero las esposas se quitaron zapatos y zapatillas y la emprendieron contra sus esposos. Aquello era una tiradera de zapatos, cachetadas, bofetadas y reclamos a viva voz.

El  cura llamó a la calma y a la confesión. Pero nadie le hizo caso. La gente se enfiestó en la calle. Las beatas se metieron con el cura en la iglesia para preparar una procesión de gracias al señor por tan misericordioso milagro.

Han pasado los años y el mundo sigue y sigue girando. Apenas el año pasado volvieron a mencionar otro fin de mundo. Se decía que era el día 12 del mes 12 del año 12. Fecha cabalística, pero nada pasó.

Lo que sí he podido apreciar es que los vendedores de sahumerios y demás hierbas y bebidas espirituosas, junto con los agoreros astrólogos y afines, hacen sus buenos negocios. También los aprendices de brujos que dictan cursos de milagros, y quienes se dicen enviados o representantes de algún babalao o gurú orientalista.

Cada cierto tiempo y cuando aprieta la escasez económica y las barrigas se achican, además de algún abandono amoroso, cierta población se viste de blanco o coloca cintas de colores en sus cabellos. Otros se colocan biblias entre los sobacos como llevando un pan sobao, y se “empaltolan” y otros más, tocan panderetas y caen al piso cual mal de san vito.

Pero a mí se me hace que detrás de esto hay un gran misterio. El misterio del libre mercado de quienes tienen labia y de aquellos depresivos que esperan que le digan lo que quieren escuchar. Mientras gastan sus ahorritos en manuales, libritos al estilo Paulo Coelho o simplemente, van en busca de la vaca para echarle la culpa.

El mundo, si es que se acaba, se termina para quien se muere. Los vivos, esos bichos llamados curas, pastores o adivinos seguirán vivos y buscando adeptos para su causa: la ignorancia llamada superstición, ortodoxia y fanatismo.

(*) [email protected]  / @camilodeasis