Juan Pablo II, un Papa abierto al diálogo e inflexible en temas morales

Juan Pablo II, un Papa abierto al diálogo e inflexible en temas morales

(Foto AFP)

El papa Juan Pablo II, beatificado el primero de mayo de 2011 y cuya canonización fue autorizada este viernes por el papa Francisco, marcó el final del siglo XX al haber sido un pontífice abierto al diálogo y al mismo tiempo inflexible en temas morales, que contribuyó al derrumbe del comunismo.

El futuro santo de la Iglesia católica mantuvo durante todo su largo pontificado posturas morales conservadoras que le valieron en ocasiones las críticas de muchos fieles.

El primer Papa eslavo -el 264º pontífice que ocupó el trono de Pedro- fue beatificado por su sucesor, Benedicto XVI, y será canonizado por el argentino Francisco, el primer papa latinoamericano, que este viernes aprobó el segundo milagro que se le atribuye.





Elegido el 16 de octubre de 1978 como sucesor de Juan Pablo I, el Papa polaco falleció el 2 de abril del 2005 tras una larga enfermedad que el mundo entero siguió paso a paso.

Karol Wojtyla nació en Wadowice, cerca de Cracovia (Polonia), el 18 de mayo de 1920 en una familia modesta.

Su padre, Karol, aprendiz de sastre como su abuelo, fue llamado a las armas en 1900 por el ejército de ocupación austriaco y llegó a oficial en 1915.

El joven Karol, quien tuvo que trabajar en una mina de sodio para ganarse la vida, prosiguió con tenacidad los estudios secundarios y universitarios.

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la Alemania nazi ocupó su país, animó un grupo de teatro clandestino y terminó sus estudios de seminarista, ordenándose como sacerdote en 1946.

Después de haber sido profesor de Teología, en 1964 fue nombrado obispo de Cracovia, y como tal participó en el Concilio Vaticano II. En 1967 llegó a cardenal.

Su pontificado pasó a la historia por los viajes apostólicos realizados en el mundo entero -104 fuera de Italia, visitando 129 países- y por haber renovado a la Iglesia Católica, tras la crisis posconciliar provocada por las reformas iniciadas con el Vaticano II y consideradas demasiado radicales por algunos.

Muy pronto impuso un estilo que contrastaba con los usos de la Curia Romana y se acercó a la gente, sin temer el contacto directo con los fieles.

El 13 de mayo de 1981 estuvo al borde la muerte, cuando el turco Ali Agca lo hirió de tres balas en el abdomen en plena Plaza de San Pedro del Vaticano.

A lo largo de su pontificado -uno de los más extensos de la historia de la Iglesia, al durar casi 27 años-, se pronunció por la paz y el entendimiento internacional, la defensa de los derechos humanos, la promoción de una gran Europa del Atlántico a los Montes Urales y la solidaridad entre el Norte y el Sur.

En sus numerosos discursos y ensayos también propició la reconciliación con los judíos y el diálogo con los musulmanes y con otras confesiones.

Asimismo pidió perdón por los errores y horrores cometidos por los católicos en el curso de los siglos, al tiempo que adoptaba una línea sumamente conservadora en temas relacionados con el control de la natalidad, el aborto y el divorcio.

Para ciertos sectores de la opinión pública, la principal sombra de su obra concierne su firme rechazo de los métodos anticonceptivos y del uso del preservativo en un mundo donde el sida se cobraba millones de víctimas. Esas posturas crearon incomprensión entre los propios feligreses católicos.

Actualmente, hay quienes le reprochan su falta de determinación y transparencia para tratar las denuncias de abusos de pedofilia por parte de responsables religiosos.

Algunos no le perdonan que no haya empleado contra los curas condenados por pedofilia, entre ellos el fundador de los Legionarios de Cristo, el mexicano Marcial Maciel, la misma intransigencia que aplicó a los sectores más progresistas de la Iglesia, como los representantes de la Teología de la Liberación latinoamericana, a quienes apartó sin titubear de la Iglesia.

Para contrarrestar los cuestionamientos de algunos teólogos, Juan Pablo II se apoyó en grupos ultraconservadores, que dieron a la Iglesia una imagen reaccionaria, como el Opus Dei y el movimiento neocatecumenal.

AFP