Carlos Blanco: La izquierda conservadora

Carlos Blanco: La izquierda conservadora

Una de las influencias más significativas sobre la oposición es la de la izquierda conservadora. Esa influencia ha traído beneficios y también perjuicios a la estrategia opositora y hoy, en forma individual, es la más importante de todas. Tomó el control ideológico de la oposición desde 2006 y a pesar de diversos liderazgos que han subido y bajado, ejerce amplio dominio.

La ideología no se refiere a las teorías sobre la sociedad o los partidos, sino a la forma en la que se aprehenden los procesos y reaccionan sus dirigentes. Hasta 2005 hubo un patrón de conducta con dosis de espontaneidad, pero especialmente con un sentido horizontal de la dirección y un sentido callejero de la acción. Fue un tiempo en el cual predominó la multitud. Hubo un instante clave que fue cuando la calle determinó la salida de Chávez del poder. Aunque fue un fenómeno único que no se repitió y la muerte tomó la delantera, se convirtió en un aprendizaje que se ha tratado de repetir, a veces en forma creativa y a veces en forma mecánica. “Chávez, vete ya” fue posible una vez y es la consigna que sigue, a veces agazapada, en la conciencia colectiva democrática.

Entre los dirigentes más importantes desde Enrique Mendoza en adelante, han prevalecido los socialcristianos hasta hoy cuando los dos jefes más relevantes de la MUD provienen de Copei; igualmente Primero Justicia, el partido más notable dentro de la oposición, tiene afinidades con esa tendencia. Mientras que las influencias provenientes de la socialdemocracia, sobre todo de AD, UNT y Alianza Bravo Pueblo, aunque en términos prácticos ha sido alta, no se ha correspondido con una influencia ideológica similar. Manuel Rosales, de UNT, fue candidato presidencial unitario, pero la dirección de su campaña estuvo decisivamente influenciada por la izquierda conservadora. Es la que domina la estructura formal opositora.





¿DE DÓNDE VIENE?. El Partido Comunista (PCV) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) se plantearon la cuestión del poder en la década de los 60. Hay un debate no saldado sobre el origen de la lucha armada de la época. Unos piensan que fue provocación de R. Betancourt para deslindarse claramente del “comunismo” al cual la atrasada burguesía caraqueña todavía lo asociaba; otros argumentan que fue el espejismo de la revolución cubana que ejerció sus influjos sobre los jóvenes comunistas y miristas; hasta los que estiman que el derrocamiento del dictador Pérez Jiménez se hizo en el marco de un proceso armado que nunca cesó y que inicialmente se dirigió en contra del dictador pero que luego, ante el intento de Betancourt de domesticar las insurgencias extraparlamentarias, se rebelaron contra su gobierno.

El caso es que esos partidos iniciaron una aventura romántica, sangrienta y enloquecida, lamentable y finalmente derrotada, en términos políticos y militares. Muchos de estos jóvenes de los 60 murieron y muchos mataron; hubo terrorismo, soldados, oficiales y policías muertos; hubo golpes militares producto de la infiltración que la izquierda había logrado en las FAN (lo que dejó el huevo de la serpiente que luego florecería con Chávez); hubo crímenes de Estado y torturas; también el viejo amiguismo -en suspenso durante la actual regencia cubana- que permitió que el alto funcionario adeco o copeyano buscara una salida honorable para el joven mirista o comunista, aunque no fuera legal.

No todos los dirigentes de esos partidos estuvieron de acuerdo con “la lucha armada” pero la acataron mientras sus respectivas organizaciones la aprobaron. Pedro Ortega Díaz, del PCV, estuvo opuesto, pero este hombre humilde, amigable y algo tímido, corrió la suerte de sus colegas. Domingo A. Rangel también discrepó en el MIR que había fundado, se apartó y la brillante generación de la juventud de AD tomó el mando y la guerra. La derrota fue dura, porque la rebelión armada no cesó para todos por igual, muchos siguieron en una aventura sin destino; los partidos se dividieron, mientras unos se pacificaban otros insistían, siendo Douglas Bravo el más simbólico de los tercos, quien al final triunfaría de una manera extraña, con Hugo Chávez; se le separaría antes del golpe de estado del cual había sido mentor.

Hubo algunos rezagos de gente valiente pero en grupos pequeños haciendo su pequeña “revolución” con asaltos a bancos, atracos aquí y allá, para ayudar financieramente proyectos legales con esqueletos guardados en el closet.

LO QUE QUEDÓ… Quedó un grupo de comunistas y miristas, convertidos en militantes de un PCV pacificado, fundadores del MAS, inventores de La Causa R, de Ruptura, Tercer Camino, Liga Socialista, MIR también pacificado, los sucesivos partidos que inventó Guillermo García Ponce, entre muchos otros residuos. Los más exitosos fueron el MAS en la época de Pompeyo Márquez, Teodoro Petkoff y Freddy Muñoz, con José V. Rangel como candidato; La Causa R con A. Maneiro; y el MIR que por un tiempo condujeron juntos A. Martín, M. Moleiro y H. Pérez Marcano.

Tuvieron diversos destinos, pero sus dirigentes quedaron curados de espanto. Al mirar autocríticamente lo que después les pareció una locura, se convirtieron en dirigentes ultrarracionales. Nada de meter la pata otra vez, se dijeron. La consecuencia es que unos cuantos, varios de los más arrojados por cierto, se convirtieron en ideólogos del conservatismo político. Nada casual el hecho de que después de muchas historias y el paso de muchas lunas, fuera el MAS, por un rato, el partido de gobierno de R. Caldera en su segunda administración; líder que encarnó el conservatismo ideológico en la tradición política nacional.

IMPACTOS ACTUALES. La mayor parte de la izquierda no chavista o que se separó tempranamente del chavismo tomó las estructuras y el control político e ideológico de la oposición desde 2006. Su visión dominante aunque no única, ha sido sostener que todo lo que sucedió antes de que agarrara el mango de la sartén fue un error y todo lo que vino después fue victorioso. Con éxito alineó en esa tesis a partidos, grupos, así como a la mayoría de articulistas y periodistas (varios de los cuales ejercen la censura dentro de la oposición), y botó a la criatura junto al agua sucia de los errores cometidos. La movilización popular, la espontaneidad de los conflictos, la deliberación tumultuaria, fueron sustituidos por el “orden” y el “progreso”.

La izquierda conservadora en el camino de evitar errores garrafales -varios ciertamente- tal vez esté en la vía de impedir victorias mayúsculas. El negarse siquiera a discutir la propuesta de la Constituyente es apenas un signo de esta perturbación conservadora. Introdujo una dosis de prudencia necesaria, pero que suministrada en exceso genera catatonia e impide la expresión de la multitud, salvo para votar.

@carlosblancog