Manuel Acedo Sucre: El peine

Mar 16, 2014 12:00 pm
Publicado en: Opinión

thumbnailmanuelacedosucreLa receta no está mal. La inflación, la escasez y la inseguridad nos afectan a todos. El 80% de la población cree que el país está mal. Sin embargo, el país está partido en dos. Una mitad es chavista o ni-ni, o no se identifica con la oposición. La conclusión te agrede: hay que conquistar a esa mitad. ¿Cómo? Se cae de maduro: llevándola o acompañándola a que proteste pacíficamente contra —obvio— la inflación, la escasez y la inseguridad. ¿Para qué? para lograr una mayoría determinante que no pueda desconocerse electoralmente. ¿Qué no se debe hacer? Antagonizar a esa mitad. ¿Cómo se la antagoniza? Con protestas violentas que subvierten el orden público y son rechazadas por esa mitad de la población que hay que conquistar. Al Gobierno le interesa la violencia para mantener de su lado a esa mitad. “No pisen ese peine”, se nos dice. Regresemos a protestar por la inflación, la escasez y la inseguridad. Pacíficamente. Sin provocar. Es decir, como nos digan y donde nos digan. Suena bien, ¿no?

Pero el país explotó. Marchas, barricadas de todo tipo, estudiantes en la calle, furia y frustración. Una represión a la que las palabras “brutal” y “salvaje” le quedan cortas, a cargo de una Guardia Nacional que la abraza gustosa y le cabronea el mismo disfrute a grupos hamponiles armados y movilizados expresa y delincuencialmente por el Gobierno para aplastar las protestas. Veintiún muertos. Centenares de heridos. Más de mil trescientas detenciones. Manifestantes y estudiantes torturados, presos o privados judicialmente del derecho a protestar. Y preso también uno de los principales líderes de la oposición, simplemente por convocar a protestar “pacíficamente” y a buscar una salida “constitucional”.

¿Y el Gobierno? Desencajado, desnudo ante el mundo en toda su perversión represora, usando todo género de violencia para acallar un movimiento que parece fortalecerse y brotar con más fuerza con cada palo, bombazo o tiro que recibe. ¿Y Maduro? Defendiéndose de un “golpe de estado en marcha”, cacareando conspiraciones gringas y atentados fraguados desde las sombras por el ex presidente colombiano Álvaro Uribe. Parece asustado. Clausura un canal internacional de noticias y bota a CNN; recibe a CNN nuevamente y concede una entrevista cómica a la entrevistadora estrella de ese canal, quien pareciera no poder contener la risa ante las bufonadas que provoca en el entrevistado. Responsabiliza a Obama de lo que está pasando, expulsa varios diplomáticos de EE.UU. y acusa a Panamá de ser un país lacayo de los gringos. Rompe relaciones con Panamá, pero designa un nuevo embajador en Washington y pide que se restablezcan los lazos diplomáticos con el Imperio que maneja al títere panameño. Cantinflas en ejercicio. Mientras tanto, las protestas y la represión siguen en todo el país. Maduro llama a una conferencia de paz con los que llama “fascistas” —¡fascistas, vengan acá!— mientras rocía el país de lacrimógenas, perdigones y balas. Algunos oficiales se han negado a reprimir y están detenidos. El Gobierno se retrata condecorando la saña de los que sí reprimen y alabando la labor de los paramilitares. Hasta Madonna lo tilda de fascista. De verdad, ¿le interesa todo esto al Gobierno? ¿Nos puso un peine?

Una parte importante de la dirigencia de lo oposición piensa que sí. Nos dice que no pisemos ese peine. Se toma el trabajo de criticar públicamente las barricadas: no son buenas, estimulan la violencia, impiden que la gente vaya a trabajar, antagoniza a los sectores que queremos conquistar. A veces lo hace mejor que el mismo Gobierno. Y es que va contra la receta. Esa que llama a protestar sólo por la inflación, la escasez y la inseguridad. La que suena bien. Mejor hablar duro contra el Gobierno, con comunicados bien contundentes, enérgicos, bien bravos. Pero nada de acciones de calle que no sean donde nos las permitan. Tranquilos todos. Así nos atraemos a los que les molestan las barricadas. No importa que estemos diciendo —nosotros mismos— lo que dice el Gobierno: que se trata de acciones violentas, de grupos de la clase media-alta, de corte fascistoide —un dirigente de la oposición habló del fascismo de ambos lados— y que atentan contra las libertades de las mayorías. Pero, me pregunto yo, ¿quién es el que puso el peine? ¿Quién lo pisó? Huele a Chacumbele. Y huele mal: ¿Quién le responde al Táchira o a Mérida? ¿Quién, a la madre de un estudiante muerto? Veintiún muertos. Pero hay que regresar a protestar contra la inflación, la escasez y la inseguridad, cuando, donde y como nos deje el Gobierno. Tratemos de que rectifique para que bajen los precios, regresen los productos a los anaqueles y el hampa se porte bien. Ése es el llamado: rectifique señor Maduro. Si no lo hace, váyase. Usted mismo. Nosotros, tranquilos. La paz primero. Tómese su tiempo. Ya cumplimos con pedírselo.

Pero regresemos a la receta. La receta estaba bien para un escenario electoral de corto plazo. Hasta funcionó: fuimos a unas elecciones presidenciales, que ganamos, para luego ver cómo se disolvía el triunfo en protestas de fraude y retrocesos del liderazgo. Pero ahora las elecciones no sólo se ven remotas en el tiempo sino aún más ilusorias en cuanto a resultados. El Gobierno aplasta la disidencia y persigue abiertamente a quienes informan. Los periodistas están sitiados. La prensa escrita se encuentra en artículo de muerte. El último canal de televisión independiente fue vendido a la obsecuencia. Otro canal no se atreve a transmitir la entrega de los premios Oscar por miedo a que se diga algo sobre Venezuela. El espectro radioeléctrico es eso: un espectro, la sombra de un fantasma derrotado, cuando no convertido en agente de propaganda del régimen. Unas elecciones en ese contexto no son posibles. Pero, si es que lo fueran, estarían en manos de un CNE convertido en el alcahuete principal de un Gobierno que sólo conoce la trampa y el ventajismo, y un Plan República administrado por una “Fuerza Armada Bolivariana y profundamente chavista”, como ella misma altaneramente se califica mientras masacra y tortura manifestantes. Y es que no puede pensarse en elecciones libres en un país en donde el autoritarismo acabó con la separación de poderes, hasta el punto de que jueces y magistrados corean de viva voz consignas chavistas en los actos protocolares, y los encargados del llamado Poder Moral sólo se ocupan de lavarle la cara al Gobierno. Se trata de un sistema en el que las circunscripciones electorales se diseñan para que, con el 48% del voto popular, el oficialismo quede con el 60% de los diputados a la Asamblea Nacional. Y donde ese 60% de diputados —no contentos con su ilegítima mayoría— inhabilita a los diputados de la oposición cada vez que le viene en gana, empleando esa mayoría simple y volándose el elemental requisito constitucional de la mayoría calificada para la inhabilitación de parlamentarios.

Resulta obvio que la película cambió. Con ella, debió cambiar también la receta seguida por la oposición. El Gobierno pasó de un autoritarismo disfrazado, engañoso y, al mismo tiempo, efectivo, que permitía procesos electorales amañados pero manejables, a un totalitarismo descarado y represivo, en donde tales procesos no se ven posibles. Al régimen no le fue suficiente domeñar de manera absoluta todos los poderes y prostituir el rol constitucional de la Fuerza Armada —ahora, “profundamente chavista”—, tuvo también que terminar de reconocer como suyos al paramilitarismo y al hamponato, armándolos y llamándolos abiertamente a colaborar en el aplastamiento de la disidencia, por la vía de las armas y la intimidación paraestatal. Como ha dicho un sector de la dirigencia política, ¿no estamos ahora frente a una dictadura fascista? ¿Tiene sentido seguir aplicando una receta concebida para escenarios electorales libres, cuando tales escenarios son anatema para el régimen? La receta dice: protestemos por la inflación, la escasez y la inseguridad. ¿Cómo limitar a esas banderas el objeto de la protesta, cuando —precisamente— lo que está en juego es el derecho mismo a protestar?

El peine donde está es en la política de apaciguamiento de la protesta. Se trata de una protesta valiente, justificadamente rabiosa, equivocada a ratos, pero de una fuerza incontenible y que sólo se explica en que ya no se aguanta —además de la inflación, la escasez y la inseguridad— al régimen que es responsable de estos males, al totalitarismo que lo caracteriza y a la violencia con que procede. Este sentimiento requiere de un liderazgo que se coloque al frente de la protesta, que se haga presente allí donde ésta se manifiesta, que acompañe a los estudiantes en retar la autoridad y la legitimidad del Gobierno, sin el complejo de antagonizar ciertos sectores de la población. Algunos de estos sectores, ciertamente, desean que se acaben la inflación, la escasez y la inseguridad; además, son los que más tienen que perder involucrándose directamente en la protesta. Y es que son los más fáciles de reprimir —los más vulnerables a los grupos paramilitares— y los más débiles económicamente, por lo que no se les puede exigir que se pongan a la cabeza de las protestas. Tienen demasiado que perder. Los paramilitares y hasta la Guardia Nacional disparan contra sus viviendas cuando apenas cacerolean en contra del Gobierno. Pero muchos de ellos saben —después de 15 años— de dónde vienen sus males y quiénes son los malandros que los controlan. En el contexto en que nos encontramos, cabe preguntarse si una oposición apaciguada, protestando contra la inflación, la escasez y la inseguridad, en términos no confrontacionales, va realmente a conquistar esos sectores. Más bien habría que preguntarse qué pasaría si todo el liderazgo opositor se pusiera a la cabeza de la protesta —que ya está vigorosamente en la calle—. ¿Es impensable acaso que esos sectores vulnerables empezaran a ver el efecto liberatorio de lo que significa que haya una “salida” a lo que les agobia? No es casualidad que el dirigente más temido por el Gobierno es el que llama las cosas por su nombre, hasta el punto de tenerlo preso. Y no es absurdo pensar que ese líder, acompañado de los que vienen predicando la misma tesis y han tenido la visión y la valentía de sumarse a la protesta, sean quienes, al final, prevalezcan y logren que las masas los sigan.

Cuando los muchachos se la juegan. Cuando se arriesgan a que los maten, los malogren o los metan presos. Cuando la sociedad civil los acompaña. Cuando el movimiento crece en vez de rendirse ante la violencia oficial y paramilitar. Cuando resulta obvio que la fuerza que los impulsa va muchísimo más allá de la impotencia frente a la inflación, la escasez y la inseguridad. Cuando esas protestas descalabran la capacidad de respuesta del Gobierno. Cuando la opinión pública internacional empieza a solidarizarse con lo que se está levantando en Venezuela. Cuando resulta posible vislumbrar que al Gobierno se le haga imposible reprimir hasta el punto de meter a media Venezuela presa. Cuando, en suma, se despierta una voluntad de lucha que no se conforma con una espera sin esperanza, el liderazgo tiene que despertar. No son tiempos de apaciguamiento. Son tiempos en que los líderes deben dar el ejemplo. Gandhi y Luther King nunca abandonaron las consignas de no violencia con que levantaron sus respectivos movimientos. Pero exigían sus derechos en sus propios términos, no en los términos de las fuerzas que los reprimían. Se colocaban al frente. No disparaban un tiro, pero retaban a la autoridad y se exponían a la violencia, igual que sus seguidores. Estaban de primeros a la hora de recibir palos y tiros, o de caer presos. Y llegó el momento en que los agentes de la violencia no pudieron seguir reprimiéndolos.

No pisen ese peine, nos dicen. Pero ¿no será que el peine es otro? ¿El de transmitir la idea de que la represión puede con todo? ¿De que candelita que se prende, candelita que se apaga, y mejor la apagamos nosotros mismos? ¿De que no se puede retar al Gobierno porque te aplasta? ¿De que el liderazgo de la oposición tiene que ser “responsable”? ¿De que nosotros mismos digamos lo fascistas que son las trincheras? ¿De que hay que calmar la cosa? ¿De que lo más que me aceptan es protestar por la inflación, la escasez y la inseguridad, en términos que no molesten al Gobierno? ¿De que no hay nada que hacer? No hay mejor peine —desde el punto de vista del Gobierno— que el peine de la desesperanza y de la inacción. El peine de que no puede protestarse lo que de verdad está en juego. El peine de que la represión y el amedrentamiento funcionan. El peine de que pedir una “salida” es radical y no nos “conecta”. El peine de la anestesia. El peine de que no se cuestione el totalitarismo. ¿Cuál es el peine, entonces? ¿Quién lo puso? ¿Quién lo está pisando?

El liderazgo opositor todavía proclive a aplicar la receta de la película anterior ha demostrado, en el pasado, ser un liderazgo valiente y comprometido. Con errores y aciertos ha acumulado un capital político nada despreciable. En lo personal, puedo afirmar que le estoy profundamente agradecido por lo que viene haciendo por el país. Pero es importante que capte el cambio de paradigma y reaccione. Todavía se encuentra a tiempo de rectificar e imprimirle coherencia a la protesta. Pero eso pasa porque se mantenga el espíritu retador y desafiante del movimiento de calle, y se le acompañe activamente —no tras bastidores y en abstracto— en la defensa contra la represión, sin ceder el espacio conquistado por la protesta. También pasa por llamar las cosas por su nombre, que es convocar para que no se tolere el totalitarismo y se ponga fin a éste, cuestión que —por cierto— no es más que el restablecimiento de un orden constitucional pisoteado.




VPI/LaPatilla

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