Venezolana que estuvo en Nueva York el 11S cuenta lo que vivió

Venezolana que estuvo en Nueva York el 11S cuenta lo que vivió

Foto: Monica Guevara
Foto: Monica Guevara

Alba Faría estaba familiarizada con los aviones y los viajes porque trabajó para Avensa, aunque en el área administrativa, hasta que cerró la empresa. Por eso le parecía muy extraño que un piloto se estrellara contra una de las Torres Gemelas por un simple error.

Juan Pablo Crespo / Panorama

Aquel 11 de septiembre de 2001 ella y su esposo pasaban el último día de sus vacaciones en Nueva York cuando ocurrieron los atentados terroristas. Desde la ventanilla del vehículo en el que se desplazaba podía ver el humo que salía de los rascacielos. Por supuesto, no pudo salir de la Gran Manzana porque todo el espacio aéreo estaba cerrado. Allí comenzó un largo periplo que incluyó largas noches durmiendo en el área de recepción de un hotel. Aquí su historia:





“Nos desplazábamos en una camioneta alquilada rumbo al aeropuerto JFK de Nueva York, desde el hotel en que nos hospedamos ubicado frente al Madison Square Garden. Aquel día era el último de unas vacaciones de cinco días en la Gran Manzana.

En el vehículo me movilizaba junto con mi esposo y una familia amiga de Maracaibo que nos acompañó durante todo el viaje. Conversábamos de nuestras vacaciones y cuando pasábamos el Puente de Brookly informaron por la radio que un avión había rozado uno de los dos rascacielos. Miramos en dirección de los edificios y, efectivamente, salía mucho humo de la torre norte.

Por supuesto no teníamos idea de la magnitud de los daños, aunque sabíamos que era grave.

En la emisora que escuchábamos y otras que sintonizamos luego se especulaba sobre lo que había sucedido. Al principio lo que más se repetía era sobre un posible error del piloto. A mí me pareció extraño que por un error del piloto un avión chocara de esa manera. Luego se fueron colando comentarios acerca de un posible atentado terrorista.

Mientras tanto, la nube de humo negro crecía y crecía, apoderándose cada vez más del firmamento de la ciudad.

Poco después de la primera información, escuchamos sobre el impacto de un segundo avión contra la torre sur. Volvimos a ver y ya no era una, sino dos nubes de humo. Ya en este punto todo lo que escuchábamos era acerca de un atentado terrorista contra Estados Unidos, que involucró a otros aviones en otras ciudades del país, incluyendo el que fue estrellado contra el Pentágono.

Con la atención puesta en las noticas llegamos al terminal, pero lo conseguimos cerrado por razones de seguridad. Todo el espacio aéreo estadounidense estaba clausurado.

Así que con la imposibilidad de volver a Maracaibo, decidimos por razones logísticas buscar un hotel cerca del aeropuerto, pero encontrar habitación disponible se convirtió en una tarea cuesta arriba. Así como nosotros, otras miles de personas tocaban las puertas de hotel en hotel.

Tras varias horas de búsqueda, afortunadamente encontramos uno, donde permanecimos tres días. En algún momento escuchamos que el JFK fue reabierto, por lo que las esperanzas de volver a Venezuela se reactivaron, aunque la alegría duró poco porque lo volvieron a cerrar tras la captura de un sujeto que presuntamente quería perpetrar un atentado en el aeropuerto.

Luego nos tuvimos que cambiar de hotel y por lo tanto reiniciar la búsqueda de otro. Igualmente, la misión fue muy complicada. Todos estaban abarrotados. Ante esta situación, en un hotel cerca de la terminal aérea nos permitieron quedarnos en el área de recepción. Allí, junto con otros turistas, compartimos el suelo, los muebles y los pasillos. La Cruz Roja nos suministró cobijas porque ya las bajas temperaturas se comenzaban a sentir.

Dos días después, nos asignaron una habitación para las ocho personas que viajábamos juntas. Fue incómodo porque algunos tuvieron que dormir en el suelo en pequeños colchones, pero comprendíamos la situación de emergencia que se estaba viviendo en Nueva York y todo el país.

Recuerdo que veía como una bendición disponer de un baño, otros seguían durmiendo en los pasillos.

En este hotel fue abierto un comedor provisional para poder atender las necesidades de alimentación de los presentes. Hubo una buena organización y ayuda de otras instituciones.

Un día, entre noticias e intercambio de opiniones entre conocidos y extraños tuvimos que salir corriendo por las escaleras con las maletas improvisadas que armamos porque se presentó un alerta de bomba en el hotel. Por fortuna, resultó una falsa alarma.

Aquello fue una muestra del nerviosismo que había en el ambiente. Las horas transcurrían entre una tensa calma. La tristeza podía verse en las caras de los estadounidenses. El desplome del World Trade Center tuvo un impacto grande en la sociedad norteamericana.

En realidad, todo lo que sucedió parecía una película, y cada quien vivía su película desde su perspectiva.
Todo el mundo estaba pendiente de los televisores para escuchar los análisis de los expertos. Los ataques terroristas estremecieron todas las emociones.

Entre tanto, vía telefónica desde el hotel pudimos conversar con nuestros familiares en Maracaibo. La comunicación fue muy importante porque pese a todo, estábamos bien.

Unos días después y ante las pocas o nulas señales que indicaran algo sobre la reapertura del aeropuerto JFK de Nueva York, decidimos alquilar entre todos una camioneta para trasladarnos hasta Miami, en Florida.

Fue un largo viaje por carretera que ameritó quedarnos en un hotel de camino para descansar. Al siguiente día, retomamos el camino programado.

En Miami nos quedamos en casa de unos conocidos, aunque los vuelos no estaban todavía disponibles. El ambiente también estaba algo tenso en esta ciudad. No olvidaré que caminando por los pasillos de un centro comercial tuvimos que salir apresurados porque se presentó otra falsa alarma de bomba.

Todo el mundo hablaba de lo sucedido y de otras cosas que podrían pasar en cualquier lugar a cualquier hora. Estábamos locos por volver a Maracaibo.

Cuatro días después logramos tomar un vuelo directo hacia la capital zuliana por American Airlines.

Lo que viví en Nueva York me produjo temor a tomar un avión de nuevo, aunque lo superé rápido, tanto que dos años luego estaba de vuelta a Nueva York en otras vacaciones. Fuimos hasta la llamada Zona Cero, pero estaba cerrada porque todavía recogían escombros y arreglaban los alrededores.

Unos años después volví otra vez a Nueva York. Igualmente había restricciones para pasar por la zona de los atentados. En aquellos días discutían cuál sería el proyecto ganador que sustituiría a las Torres Gemelas.

Hoy, recuerdo el 11S como días de mucha adrenalina, pero sobre todo agradezco a Dios que estamos bien, aunque mi esposo murió en diciembre de 2001, tres meses después de los ataques. Hay que recordar que uno puede estar en un lugar en el momento menos oportuno y así la vida te da un giro de 90 grados”.