Las minas de El Manteco, “donde no hay crímenes pequeños”, por José Luis Centeno

Ene 11, 2017 10:56 am
Publicado en: Opinión

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Pueda, a la entrada de El Manteco, hato propiedad de la familia de Raúl Leoni que habría pasado a manos de Diosdado Cabello, anticipa la ironía de ser gobernados por “malandros”, como en ese pueblo, a donde fue a parar San Buenaventura, “patrón de la Misión Capuchina de Guri, pequeña población desaparecida bajo las aguas del embalse de Guri”, hoy envenenado con mercurio manejado en la explotación aurífera desarrollada en su costa occidental, causando una devastación social y ecológica, extendida al principal parque nacional del país.

“…zona de guerra entre grupos criminales”

El Manteco, a 143 km de Ciudad Guayana, adornado por arboles de caoba y caro caro, desde donde parten a diario varios vuelos en avioneta hacia lejanas zonas de explotación minera, “es zona de guerra entre grupos criminales, autores de los diferentes homicidios perpetrados en esa población, de ataques a la comisaría, responsables del hallazgo de cadáveres descompuestos, donde no hay crímenes pequeños”, según una fuente policial.

1° de enero, sepultan en El Palmar al “Negro Osmel”, pran de la Mima Los Muerticos, al noreste de El Manteco, “eliminado” el 30 de diciembre en el Centro Comercial Orinoquia de Puerto Ordaz, “sembrado” en medio de una orgia fúnebre que incluyó disparos al aire, vallenatos, aguardiente, strippers y consumo de la cocaína puesta sobre la urna por una señora como de 60 años. “Le estaba haciendo sombra al Ciego”, pran de las minas de El Manteco, nos confío su novia en Barrio Sin Ley de El Palmar; “lo remataron -añadió-, lo sacaron de la tumba y le cayeron a tiros otra vez, así hacen ahora los malandros”.

Los hechos descritos, “forman parte de situaciones recurrentes, como resultado de los cerrados desafíos por el control minero”, sostuvo un efectivo de la GNB; “los actos de violencia -complementó-, dentro de territorios de minería ilegal en la Parroquia Pedro Cova, tienen como actores a bandas criminales que se aprovechan del menguado apresto operacional de los cuerpos de seguridad y defensa”. Diosdado Cabello reconoció esa realidad afirmando que son “mafias que operan en las minas y esclavizan gente”.

“…un sindicato de maleantes”

“En las minas de El Manteco, como en otras minas, operan organizaciones criminales conocidas como ´El Sindicato´, en todo caso, es un sindicato de maleantes, con una estructura jerárquica tomada del pranato carcelario y métodos extorsivos propios de irregulares colombianos, han llegado al extremo de atribuirse funciones de seguridad y orden público”, destacó un activista social, retirado del sacerdocio.

“Se caracterizan por cargar un cuaderno donde anotan a todo aquel que a criterio de ellos deba pagar vacuna -prosiguió el ex clérigo-, mineros, compradores de oro, comerciantes, ganaderos, productores agrícolas, prostitutas, la vacuna varía con el estado de ánimo o necesidad de los miembros del Sindicato, el que se resista a pagar, tiene que irse de la mina o el pueblo, sino corre peligro de muerte. El Sindicato no se adueña de los barrancos o cortes cuando están votando oro, en esos casos incrementan el porcentaje de la vacuna”.

Canaima en pico de zamuro

Miércoles 4 de enero. Saliendo por el sureste de El Manteco, como quien va para El Callao, llegamos a la Alcabala de Anima del Chaparo, tomando a la derecha, con rumbo sur, pasamos por La Pisiña, Hacha y El Carmen, áreas de producción agrícola y ganadera con un pasado promisorio, atravesamos el Río Hacha, luego el Supamo, desde ahí nos adentramos en “la montaña”, donde la familia Matamoros, radicada en Upata, monopolizó concesiones de explotación maderera, iniciando el daño ecológico que en este momento afecta al Parque Nacional Canaima.

El calor del mediodía apretaba cuando iniciamos nuestro recorrido por la “Zona del Supamo, Parapapoy, Guariche, Antabare”, ríos llamados así por indígenas que ven disminuido su hábitat por la explotación minera artesanal en Las Babas, El Toro, Algarrobo, Pista El Medio, Los Mangos, El Café, Toro Parao, Quebrá e sangre, entre otras minas como El Plomo, donde una comisión militar, al mando del general Ricardo Pérez Lugo, habría causado el ahogamiento de un indígena.

Nuestro destino, asentamientos humanos dedicados a la minería de oro de aluvión en Guariche, aproximadamente a cinco horas El Manteco, en un área de difícil acceso. Llegamos después de atravesar recónditas franjas de selvas húmedas con montañas tepuyanas, donde abunda el oro y diamantes, ahí comienza el Parque Nacional Canaima. “Un territorio sometido por décadas a procesos de explotación irracional de sus cursos, suelos y vegetación boscosa, y a procesos de contaminación con mercurio”, indicó un comprador de oro con acento anglosajón; entorno de niños y adultos con diarrea, neumonía, fiebre e infectados con paludismo.

Catacumbas en la sabana

Viernes 6 de enero, Día de Reyes, después de un desayuno con chácharo frito, yuca y frijol pintón, salimos para El Manteco, una vez allí, de la Plaza La Amarrilla fuimos al Puerto de La Vigía, tomamos una curiara, de las que surcan el Embalse de Guri, tardó aproximadamente una hora en llevarnos a la mina Catacumba, en un recorrido que incluyó una visita a la Isla El Resguardo, más arriba, al norte, está “Mercural”, como recordando el mercurio que a diario vierten sobre esas aguas.

En el poniente del embalse recorrimos las minas La Madama, Curachire, Masca Tabaco, La Garrapata y La Verraquita, todas en plena sabana, menos Cerro Azul, ubicada en una serranía; al igual que en Rabin Rico, Costa Rica, Barrio Chino, La Victoria, San Miguel, La Cuaima, Los Monos, La Arenosa y Los Mangos, que es una veta, el número de mineros y “malandros” es incalculable. “Por el alto nivel del agua, hay poca actividad de extracción en el lecho del lago, al bajar, como ocurrió el año pasado, causando los racionamientos eléctricos, la remoción de material y uso de mercurio es mayor”, explicó un comerciante de Bolívar con molinos en la zona.

En Catacumba, donde se han registrado múltiples hechos sangrientos, se trabaja en “cilindros”, hoyos que en algunos casos han llegado a 70 metros de profundidad, los mineros bajan “colgando de un mecate”, sin más seguridad que el amarre alrededor de su cuerpo o sentados en un palo dispuesto a modo de columpio. Los “cilindros” se hacen a 10 metros de distancia uno de otro, a diferentes niveles de profundidad, construyen galerías horizontales interconectando los cilindros en la búsqueda de vetas de oro; las galerías son túneles de gran dimensión, cabe una persona parada, semejan verdaderas catacumbas, en un trabajo de alto riesgo y de mucho desgaste físico. “¡Esto no es estar vivos, solo es no morirse!”, exclamó Samuel, quien era vigilante en Calabozo. El Sindicato cobra por cada saco de material que sacan del cilindro, independientemente de que lo lleven o no a los molinos para extraer el oro.

“…el problema medular es el desplazamiento de grupos criminales del norte del estado Bolívar a las zonas mineras del sur de la entidad, donde actúan impunemente, a sus anchas, eso significa que los yacimientos de oro han sido tomados por malhechores, causantes de los continuos actos violentos de los que son principalmente perjudicados los mineros, demostrando que los planes del gobierno no han frenado a las bandas que controlan el sur del estado Bolívar ni desastres ecológicos como el causado por la contaminación con mercurio de las aguas del río Caroní que caen al Orinoco y de ahí al Delta”, expuso un comunicador social de la región.

Nuestra despedida fue con una cena con un guiso de venado, acompañado, como ya es costumbre, con víveres brasileros. Pasando por Danto Manchao y El Burro, nos dirigimos a Ciudad Piar, que nos recordó las Casas Muertas de Miguel Otero Silva, de regreso a Ciudad Guayana, donde antes de partir a Caracas, alguien nos aseguró: “sino fueran por esas minas ¿cómo se viviera por aquí? Es una las pocas fuentes de trabajo por estos lados”.

@jolcesal

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