Richard Pipes: “No hubo nada positivo ni grandioso en la Revolución Rusa”

Ene 29, 2017 2:24 am
Publicado en: Actualidad, Entrevistas, Internacionales
Richard Pipes / Foto Alchetron
Richard Pipes / Foto Alchetron

 

Considerado una de las máximas autoridades en estudios de historiografía soviética a escala mundial, Richard Pipes (Cieszyn, Polonia, 1923), catedrático emérito de la Universidad de Harvard, es autor de más de 25 volúmenes de historia, entre los que destaca La Revolución Rusa,monumental estudio de mil páginas, originalmente publicado en 1990, considerado uno de los análisis más rigurosos y exhaustivos jamás escritos sobre la Revolución Rusa, cuyo centenario se conmemora en 2017.

Por Eduardo Lago para El País (España)

Pese a su innegable brillantez, el libro no fue recibido de manera unánimemente favorable, dado el radicalismo con que Pipes condena cuanto guarda relación con el fenómeno histórico que estudia. La entrevista tiene lugar en su casa de Harvard, una mansión de aspecto profesoral situada en una calle recogida, un día lluvioso. Pipes, de 93 años, es un hombre lúcido y afable, de conversación tranquila. En el vestíbulo de su casa se acumulan cajas llenas de papeles manuscritos, las notas de toda una vida dedicada a la investigación, que pronto serán trasladadas a la biblioteca de Harvard con la idea de reunirlas en un archivo que llevará el nombre del prestigioso profesor.

PREGUNTA. El año 2017 marca el centenario de la Revolución Rusa, uno de los acontecimientos clave del siglo XX. ¿Cuál es el legado de un fenómeno de semejante envergadura histórica?

RESPUESTA. Millones de cadáveres. La Revolución Rusa fue uno de los sucesos más trágicos del siglo XX. No hubo absolutamente nada positivo ni grandioso en aquel acontecimiento. Entre otras cosas, arrastró a la humanidad a la II Guerra Mundial. Los sóviets establecieron un régimen de terror sin precedentes. No tuvieron ningún escrúpulo a la hora de establecer una alianza con los nazis en la II Guerra Mundial. Hitler no se hubiera atrevido a iniciar las hostilidades si Rusia no hubiera estado a su lado.

P. ¿Cómo se hizo historiador?

R. La historia me ha interesado desde niño. Mis padres, judíos polacos, abandonaron el país huyendo de los nazis. Uno de mis últimos recuerdos es cuando vi a Hitler desde el balcón de mi casa, desfilando triunfalmente por las calles de Varsovia, días después del comienzo de la ocupación de Polonia. Cuando llegamos a EE UU me matriculé en un college de Ohio. Durante la guerra me destinaron a una unidad especial de estudios y aprendí ruso en tres meses. Ingresé en Harvard en 1946, y allí me matriculé en Historia, especializándome en estudios soviéticos, que entonces era un campo muy abierto en el que hacían falta especialistas. La historia explica cómo hemos llegado al lugar donde nos encontramos. Si se quiere entender EE UU, comprender la textura de la mentalidad del país, es absolutamente imprescindible estudiar su historia. La historia nos explica el medio en el que nos movemos y vivimos.

P. El curso de la Revolución Rusa lo determinaron las figuras formidables de Lenin y Stalin, que usted estudia en profundidad. ¿Podría compararlas?

R. Stalin tomó a Lenin como modelo, pero sus personalidades eran totalmente distintas. Lenin inicia la revolución y Stalin acaba con ella. Los dos fueron responsables de la muerte de muchos seres humanos, aunque la balanza se inclina pavorosamente del lado de Stalin por lo que al número de víctimas se refiere. Básicamente, Lenin era indiferente a la vida humana; si tenía que disponer la muerte de alguien, lo hacía sin problemas, pero Stalin disfrutaba decretando el exterminio de millones de personas. Tenía instintos sádicos. Lenin era un idealista, fanático en grado superlativo, creía a ciegas que la abolición del capitalismo y el advenimiento del socialismo extenderían la revolución por todo el mundo. Su muerte tiene algo de trágico: murió decepcionado, perfectamente consciente de que el sueño de la revolución había fracasado. Stalin, sin embargo, llegó a ver cómo la revolución se extendía a gran parte de Europa. Muchos lugares del mundo abrazaron el comunismo estando él en el poder, pero el régimen que creó traicionó el espíritu de la revolución. Una diferencia importante con respecto a Lenin era que poseía un ego desaforado.

P. Cuando compara a Stalin con Hitler, parece que se desdibujan las diferencias, pese a que sus ideologías eran antagónicas.

R. Los dos fueron responsables directos de la muerte de millones de personas, que perpetraron en nombre de sus ideologías, que se sustentaban sobre premisas radicalmente distintas. El nazismo se apoyaba en la sangre, y el comunismo, en la fe, pero en cuanto a la persecución que cada uno de los dos regímenes llevó a cabo no hubo apenas diferencias. Ambos construyeron campos de exterminio. Stalin también persiguió a gente en virtud de su origen nacional. Y es un hecho que acabaron colaborando. En el balance final, los dos regímenes tienen mucho en común.

P. ¿Cómo explica que Alexandr ­Solzhenitsin, cuya repulsa al régimen soviético es comparable a la suya, estuviera en total desacuerdo con sus tesis sobre la Revolución Rusa?

R. La raíz de nuestra discrepancia estriba en que para él la Revolución Rusa fue una violación de la historia, un atentado contra el espíritu ruso, mientras que en mi opinión la Revolución Rusa hundía sus raíces en el pasado del país, está profundamente imbricada con su historia.

P. Usted sostiene que en la historia del pueblo ruso hay una larga tradición de admiración por los líderes fuertes, autócratas.

R. Los rusos no soportan la debilidad. Les gustan los líderes fuertes. Hay una razón histórica por detrás de todo esto: el Estado ruso no ha sido nunca suficientemente coherente, y la única manera de darle coherencia es mediante la intervención de un líder potente. Todos los héroes de la historia rusa son personalidades fuertes: Iván el Terrible, Pedro el Grande, Alejandro III, Stalin, y ahora Putin, un autócrata que cuenta con la aprobación del 85% de la población.

P. ¿En qué consistió su trabajo como asesor de Ronald Reagan?

R. Me nombró miembro del Consejo Nacional de Seguridad para cuestiones relacionadas con la Unión Soviética y Europa Oriental.

P. ¿Qué era el Equipo B, creado por usted?

R. Un equipo de trabajo integrado por expertos que realizaban labores de inteligencia para la CIA en relación con el futuro de la Unión Soviética. Complementaba el trabajo del Equipo A, que realizaba directamente la CIA.

P. ¿Cree que Reagan aceleró la caída del imperio soviético?

R. Sí, aunque el régimen soviético cayó por razones internas, no por influencia externa de ninguna clase. ­Reagan no provocó el colapso, el colapso vino de dentro.

P. Reagan fue su presidente favorito. ¿Qué opinión le merece Obama?

R. Es un hombre débil, y su política exterior, muy desacertada.

P. ¿Qué piensa de Donald Trump?

R. Tengo una opinión muy baja de él. Me gustaría que me decepcionara y resultara ser mejor de lo que creo que es; tiene un ego desaforado, que me recuerda mucho a ciertos dictadores europeos. Es totalmente distinto a todos los presidentes americanos que yo haya estudiado jamás. Soy republicano, pero en las últimas elecciones voté demócrata. Ahora mismo EE UU atraviesa una crisis gravísima, de la que la elección de Trump es un síntoma inequívoco. Hace 20 o 30 años eso no hubiera podido suceder. Me resulta incomprensible que la gente le haya votado y no sé qué esperan que haga. Ser presidente de EE UU requiere ciertas cualidades de las que Trump carece.

P. ¿Qué va a pasar?

R. Lo van a echar, es capaz de violar la Constitución.




VPI/LaPatilla Regionales 2017

Destacadas