Gustavo Coronel: Conversación con un candidato a la indigencia

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INDIGENTE: Alguien quien no posee suficientes medios de fortuna para mantenerse y debe, por ello, recurrir a la ayuda y generosidad de familiares o amigos para encarar aún sus compromisos   ordinarios.

Hace casi dos años murió un gran amigo mío en esa situación arriba descrita, un hombre quien había ocupado altas posiciones en los gobiernos democráticos venezolanos y ciertamente no merecía tal final. Pero él no ha sido el único venezolano venido a menos y amenazado de indigencia en estos años, paradójicamente en una etapa de la vida de nuestro país en la cual el dinero ha corrido torrencialmente por las calles, ha inundado los ministerios, ha desbordado los bolsillos de civiles y militares afectos al régimen y ha llegado a viajar por todo el mundo, satisfaciendo codicias y exigencias de los seres más abominables del planeta, desde Cuba hasta Nicaragua, desde Irán hasta Libia.





Hace unas semanas tuve oportunidad de conversar sobre esta paradoja con un viejo amigo, quien está en una situación que pudiéramos llamar de pre-indigencia, término tan empírico pero tan ilustrativo como el llamado pre-infarto. Mi amigo es un venezolano educado, quien desempeñó en nuestro país posiciones de alto nivel, en áreas muy sensibles de la vida nacional. De edad respetable conserva  un gran sentido del humor, el cual lo ayuda a capear los temporales. Al comenzar a tocar este tema, mi amigo no se inhibió de hablar conmigo de sus experiencias. Creo que hasta  lo hizo con cierta premeditación, a fin de presentar su caso como uno que, lamentablemente, es mucho más frecuente de lo que debería ser.

“Déjame decirte”, me comentó mi amigo, “que a mi edad, después de haber sido Director de algunas empresas del estado, miembro del congreso de mi país, con un trayectoria pública de unos 35 años a los  más altos niveles, estoy cercano a lo que legalmente pudiera definirse como indigencia. Mis ingresos están ya por debajo de lo que en países desarrollados se define como límite de la pobreza”.

Le respondí: “Y, ¿cómo es posible que hayas llegado a esta situación, un hombre que ha tenido tantas oportunidades de hacer dinero, tantas relaciones, tanto prestigio en el mundo financiero?”.

“Mira”, me respondió. “Ello se debe a una combinación, casi siempre fatal, de dos ingredientes. Uno ha sido mi vocación de servicio público y el otro, mi honestidad. Esa es una combinación que suena maravillosa pero es mortal, mi querido Gustavo”. Y se extendió: “mi vocación de servicio público siempre fue muy fuerte porque, desde el inicio estuve convencido de que el país requería de gente competente y honesta en el sector público. Mis modelos fueron gente como Gumersindo Torres, Luis Pláz Bruzual, Arístides Calvani, Manuel Pérez Guerrero, Julio César Arreaza, José Antonio Mayobre, Andrés Germán Otero  y Arturo Hernández Grisanti. Gente que se dedicó en cuerpo y alma al servicio público”.

“Bueno”, le respondí, “estoy de acuerdo contigo en todos estos nombres y podría añadir muchos más, venezolanos quienes se dedicaron a tratar de modernizar al país y que generalmente solo obtuvieron sinsabores y críticas como recompensa. Gente como la que mencionas nunca hizo fortuna a  costa del país. Pero, no murieron en la indigencia, todavía no comprendo tu caso”.

Mi amigo me respondió: “Quizás se salvaron de la indigencia porque no vivieron lo suficiente. Porque el problema de los funcionarios públicos honestos se agudiza en la vejez. Fíjate en lo que está sucediendo con el sistema de pensiones de los petroleros, la caótica situación en la cual se encuentra. Peor aún están los maestros o los retirados de los ministerios.  En Venezuela se da por sentado que llegar al poder es una vía segura para el enriquecimiento y ello se ha llegado a ser visto hasta como natural. De allí el viejo dicho: Pónganme donde haiga. Pero cuando un hombre o una mujer honestos le dedican una buena parte de su vida a la administración pública y luchan en contra de la corrupción que allí impera, corren el gran riesgo de terminar en la indigencia. No es solo que no comparten la piñata en la cual participan los  corrompidos sino que son expulsados del servicio público como indeseables. Los consideran hasta como traidores a lo que podría llamarse la Gran Cofradía de los Ladrones del Erario Público, la cual ha existido desde siempre, en democracia o en dictadura”.

Y agregó: “Eso fue lo que me sucedió a mí. Yo fui expulsado de mi trabajo por haber luchado en contra de la corrupción prevalente en el sector en el cual trabajé por más de 20 años. Y entonces uno se da cuenta de que perdió el autobús que le garantizaba una digna vejez. Porque la administración pública te deja en la calle”.

Le comenté: “El funcionario público dedicado y honesto generalmente no tiene tiempo de hacer fortuna propia. Con frecuencia carece de lo que pudiéramos llamar una libido financiera, no le atraen ni los negocios legales ni mucho menos los “negocios”, esas conspiraciones entre malos venezolanos en contra del erario público. Recuerdo que en mi etapa petrolera muchos de mis colegas tenían su dinero trabajando en paralelo a su trabajo, generalmente en cooperativas de construcción de edificios de apartamentos. Yo nunca lo hice porque no me llamaba la atención. Por otra parte la información privilegiada que recibía como gerente petrolero me hubiera permitido hacer dinero, en una época en la cual ese tipo de privilegio no era visto – ni siquiera en países como los Estados Unidos – como un delito. Sin embargo nunca lo quise hacer”.

Mi amigo me dijo: “La jubilación que tengo es en bolívares y solo sirve cuando me llega, como decía nuestro inolvidable Alberto Quirós, para un buen almuerzo al mes. Ello significa que, a menos que no hayas robado o hayas tenido la habilidad o la precaución de manejar negocios personales en paralelo, cuando sales de la administración pública te encuentras con suma frecuencia en una precaria posición. Y, si no tienes cuidado o suerte, terminas en la indigencia”.  Mi amigo se me quedó viendo por un largo rato y creo que sus ojos se empañaron cuando me agregó: “sabes, he llegado a desear morirme pronto, antes de llegar a ser  una carga para familiares o amigos. Mi situación se ha convertido en una carrera un tanto macabra entre la muerte y la progresiva desaparición de mis modestos ahorros.

La verdad es que no supe que decirle, en parte porque no hubiera podido hablar. Me sentí muy conmovido. Nos saludamos y cada quien se fue por su lado.

“¿Será que nuestro país no tiene remedio?  ¿Será que lo que nos dijeron cuando niños era mentira, aquello de que “los buenos siempre son recompensados”?

Como no deseo caminar la peligrosa cuerda floja entre la protesta y la sensiblería paso a hacer dos simples proposiciones concretas y desapasionadas, las cuales tendrán que esperar que caiga el régimen actual: una, que los criminales que han arruinado al país durante los últimos 18 años sean enjuiciados y llevados a prisión; dos, que los servidores públicos honestos, muchos de quienes están hoy al borde la indigencia, sean reconocidos como buenos ciudadanos en algún tipo de sencillo monumento, al cual los venezolanos del futuro puedan acudir en busca de ejemplo de buena ciudadanía.

Sería deseable que los niños de la Venezuela futura puedan saber quiénes han sido sus verdaderos héroes civiles.