Memorias de la brutalidad: “Quien entra al Helicoide no sabe cuándo va a salir”

Ene 13, 2018 12:44 pm
Publicado en: Actualidad, Nacionales
ACOMPAÑA CRÓNICA: VENEZUELA CRISIS - CR02. CARACAS (VENEZUELA), 28/07/2017.- Fotografía del edificio "El Helicoide", sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) y lugar de detención de la mayor parte de los detenidos en protestas que siguen privados de libertad, y algunos de los casi 500 presos políticos hoy, viernes 28 de julio de 2017, en Caracas (Venezuela). Una media de 40 personas, en su mayoría estudiantes, han sido detenidas cada día en Venezuela por delitos como "terrorismo" o "insurrección" desde que empezara el 1 de abril la presente ola de protestas para exigir la renuncia del presidente Nicolás Maduro, en las que han muerto más de cien personas. EFE/CRÍSTIAN HERNÁNDEZ
Fotografía del edificio “El Helicoide”, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) y lugar de detención de la mayor parte de los detenidos en protestas que siguen privados de libertad, y algunos de los casi 500 presos políticos hoy, viernes 28 de julio de 2017, en Caracas (Venezuela) EFE/CRÍSTIAN HERNÁNDEZ

 

Una zuliana de 22 años de edad alza su voz para denunciar el horror que sufrió en los calabozos de la policía política, donde permaneció recluida casi dos meses junto con otras mujeres criminalizadas por protestar contra el gobierno. Para proteger a la víctima, Proiuris reserva su identidad. “Si nadie habla esto nunca se va acabar”, dice la joven.

Reporte Especial Proiuris | @Proiuris_VE | IG: @Proiuris
Andreina Dominguez Urbina

¡Llena de colores! Así era mi vida. Estudiaba en la universidad, mis papás me daban lo que necesitaba y hasta lo que quería, tenía un novio adorable y mi trabajo era dibujar sonrisas en las caras de los niños enfermos, porque me incorporé a la labor maravillosa que realiza la Fundación Doctor Yaso. Sí, se puede decir que era feliz, pero todo cambió el 6 de mayo de 2017.

Fue uno de los días más largos de mi vida. Había una marcha de mujeres. Llegamos al punto de concentración en la autopista Francisco Fajardo, pero después que llegamos mis compañeros dijeron que no siguiéramos. Nos habíamos enterado de que habían detenido a una compañera y teníamos miedo.

A las 4:00 de la tarde nos dirigimos hacia Bello Campo. En el camino veíamos como la gente corría y corría, iban de un lado a otro y no sabíamos por qué. Nos paramos en una esquina y en eso llegó una camioneta negra y así, sin más, comenzaron a salir hombres vestidos de negro. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, diez, quince… muchos. Eran muchos.

No me di ni cuenta cuando ya uno de ellos me agarró. Pude soltarme y salí corriendo. Ni miré para atrás. Escuchaba a mis compañeros gritando: “¡Se llevaron a Carlos, se llevaron a Carlos!”. A Carlos y su celular. A Carlos y a todos nuestros números de teléfono.

Me encontré con varios más adelante. Uno de los amigos del grupo nos ofreció llevarnos a su casa en El Junquito donde nos refugiaría. Nunca llegamos. A las 7:00 de la noche, cuando íbamos a la altura de La Yaguara, una comisión de funcionarios armados y encapuchados nos interceptó.

Iban en tres camionetas: una hilux, una ford runner y una machito. Varios se bajaron de la machito y comenzaron a decir que nosotros los íbamos a robar y sin mediar, a mis tres compañeros, a la novia de uno de ellos y a mí, nos metieron en una de las camionetas.

No nos dieron ninguna explicación y nos llevaron hasta el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) en Plaza Venezuela. Cuando llegamos vimos a Carlos. Estaba encapuchado pero era él, tenía su ropa, lo reconocimos. Le dijeron a uno de los muchachos que se quedara al lado de Carlos. A los otros cuatro nos llevaron a una oficina.

No transcurrió mucho tiempo. Comenzaron los interrogatorios. Asumí que buscaban a Gerardo, un activista de los derechos humanos que estuvo detenido en El Helicoide. Todas las preguntas tenían que ver con él. Yo lo había visto pero no tenía ninguna relación con él, ni siquiera lo llegué a tratar.

A las 10:00 de la noche nos trasladaron hasta otra sede del Sebin que queda cerca del Teleférico de Caracas. También trasladaron a Carlos. Una vez allí nos dividieron: a la muchacha y a mí nos metieron en una oficina y a los hombres en un calabozo. Nos interrogaron hasta las 4:00 de la mañana.

Me preguntaban por activistas “reincidentes”, que habían estado detenidos en el 2014 y participaban en las marchas de 2017. Si no les respondía golpeaban a los muchachos. Escuchaba sus gritos. Yo lo que hacía era llorar. Creía que llorando los aturdía y no me harían preguntas. Pero cuando me calmaba comenzaban otra vez. Había una sola femenina. Me miraba con desprecio. “No quiero estar cerca de ustedes malditos guarimberos” me decía. Entraban y salían funcionarios del Sebin, y continuaban los insultos. Había un funcionario que era más agresivo conmigo. Además no dejaba de verme.

La chica y yo dormimos en el piso, esposadas, en la misma oficina donde también estaba  el funcionario del Sebin que no dejaba de mirarme. Hacía un frío espeluznante. No había agua, ni baño, ni comida, ni sabanas, ni nada.

Esa noche me vino la menstruación. Pedí que me dejaran ir a un baño o a algún sitio donde pudiera cambiarme, pero no, no me lo permitieron. Sentía el calor del líquido que me bajaba por las piernas. Bajé la cabeza y miré la sangre. No me dejaron ir a cambiarme, ni a orinar. Tuve que aguantar las ganas hasta el siguiente día que llegó uno de los jefes del Sebin y me quitó las esposas para que fuera a orinar. Fui al baño y no había papel. Al regresar al sitio donde pasamos la primera noche me volvieron a esposar.

El Sebin que no dejaba de mirarme fue el encargado de vigilarnos. Fue una noche eterna. No me quitaba los ojos de encima. Masticaba y masticaba algo negro que olía fuerte y sus dientes estaban manchados. Creo que era chimó. Me hablaba feo. Insistía en que yo sí sabía dónde estaban Gerardo, mamá Lis y otros: “¡Tú si sabes de toda esta gente de quién te estoy hablando chica. Dime dónde están te digo!”. Era un hombre repugnante, de tez oscura, fornido. Disfrutaba burlarse de mí. Me decía la chilindrina porque yo no dejaba de llorar.

El abuso sexual

Al día siguiente sacaron a la otra muchacha que estaba detenida conmigo para interrogarla en otro sitio y me quedé sola con él. Sentí miedo. Un miedo que en pocos segundo se convirtió en terror cuando comenzó a tocarme los senos. Pero me contuve y me que quedé paralizada, además qué podía hacer si seguía esposada. Le dije: “Hagas lo que hagas no te voy a decir nada, porque no sé nada”.

Eso lo enfureció: “¿Tú crees que yo soy pendejo? Sé dónde estaban ustedes. Los tenían escondidos en una azotea. Nosotros los vigilamos desde el edificio del hotel Chacao Suites, ya los teníamos vigilados, incluso habían unos motorizados que fueron los que los sacaron del edificio”, me dijo. Sabía todo.

Siguió tocándome. Me empezó a tocar abajo. Yo temblaba, pero al mismo estaba paralizada. Él, en cambio, estaba exaltado. Recuerdo que le dije: “Ojalá Dios tenga clemencia de ti”. Pensé que iba a violarme. Yo lo único que hacía era llamar mentalmente a mi papá.

Los nudillos de otro Sebin me salvaron. Él seguía tocándome cuando se escuchó “Tun,tun,tun” y el funcionario entró. Estaba vestido con una franela blanca y unos jeans como si fuera manifestante más, pero era un Sebin. Inmediatamente el hombre repugnante que estaba abusando de mí dejó de tocarme. No sé si el otro funcionario se dio cuenta de lo que pasaba, pero me vio y me hizo un gesto de que me quedara callada. Así me quedé.

Preferí no decir nada porque todos los muchachos que detuvieron conmigo estaban heridos por los perdigones y bombas lacrimógenas que le lanzaron los militares en una marcha de hace dos días. Además ya los habían golpeado suficiente, si hablaba los iba a perjudicar más. Entonces dije o me aguanto o me aguanto.

Las capuchas con gas

Ese día nos trasladaron hasta la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim). Pero antes pude ver a los muchachos que estaban en otra oficina del Sebin. Tenían las cabezas mojadas.

-¿Qué le sucedió a los muchachos porque están así mojados? ¿Qué les hicieron?, le pregunte a un funcionario.

-¿De verdad quieres saber? respondió. Yo asentí y él me dijo: “No querían declarar y les metieron la cabeza en el inodoro”.

Mientras íbamos en camino a la sede del Dgcim los funcionarios del Sebin nos decían: “Ahí sí se tienen que poner las pilas porque esos funcionarios son malos. Nosotros los hemos tratado reyes a ustedes”.

Cuando llegamos nos colocaron en fila con unas capuchas negras que tenían gas. “Dios mío esto tiene gas, esto tiene gas” empecé a gritar. Los funcionarios respondieron: “¿Ah sí? Bueno vamos a cambiárselas”. Y sí, lo hicieron pero las otras capuchas tenían más gas.

Nos esposaron en cadeneta. Llegó un momento que no aguantaba más el gas. Me estaba descompensando. Gracias a Dios luego nos quitaron la capucha a las mujeres. A ese lugar le decían “la pecera”. Es un salón con paredes de vidrio donde sonaban unas cornetas con música del gobierno. Allí pasamos toda la noche sin comer. No nos dejaban ir al baño. Nos insultaban: “malditos guarimberos”, “provoca darle un solo disparo en la cabeza a estos guarimberos”, “a nosotros no nos tiembla la mano”.

A las 5:00 de la mañana los funcionarios nos despertaron a punta de patadas. Nos dieron desayuno. Comí obligada. Ese mismo día a las 12:00 del mediodía nos llevaron hasta la sede del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), donde, por fortuna, el trato fue distinto. Nos quitaron las esposas. Allí me dejaron ir al baño y me dieron una toalla sanitaria. También me dejaron llamar a mi mamá. Ella ya venía camino a Caracas.

De regreso a la sede del Dgcim nos trataron peor. En la tarde pedí ir al baño porque ya no aguantaba más. Una tipa uniformada me dijo: “Ah ¿tú quieres ir al baño? y me llevó pero seguía esposada. No sabía cómo hacer, “Dios mío cómo me quito el pantalón”, decía. Y no aguanté, me oriné completa allí.

En la noche la misma funcionaria me quitó las esposas. Me ordenó que limpiara un baño que olía horrible, tanto que vomité, no dejaba de vomitar. Un guardia nacional notó lo que pasaba y preguntó: “¿Quién es esta muchacha?” “Una guarimbera”, le respondió la femenina. El militar le exigió que me sacara del baño. Me volvieron a poner las esposas pero más apretadas.

En tribunales militares

Ese día como las 8:00 de la noche nos llevaron a un tribunal militar. Cuando llegamos vimos a unos abogados. Le pedimos a unos fiscales que sacaran a los militares del Dgcim y así fue.

Cuando entramos al salón de audiencia estaban dos fiscales, uno más joven que el otro, y los abogados. Nos acusaron de traición a la patria, rebelión militar y sustracción de armamento militar. Había unas fotos de una granada y una pistola. Nos dimos cuenta que nos los habían sembrado porque cuando estuvimos en el Sebin los únicos objetos que colocaron sobre la mesa fueron los celulares de dos de mis compañeros, porque el mío se lo quedaron los policías.

Luego que hablaron los abogados nos preguntaron si queríamos defendernos y lo hicimos. Dijimos cómo nos trataron en el Sebin y Dgcim.Pedimos que no nos llevaran de nuevo a esas sedes. Dijimos todo. La cara de la juez era impresionante. Estaba asombrada. Era como si supiese que los fiscales mentían.

Como lo imaginé nos dejaron los 45 días de investigación. La orden fue: Los hombres a la cárcel militar de Ramo Verde y las mujeres a El Helicoide pero esa noche nos devolvieron al Dgcim.

Al siguiente día escuchó que me llaman. Eran los muchachos que se los llevaban a Ramo Verde. Comencé a gritarles: “¿Cuándo los volveré a ver?”. Luego una funcionaria me agarró la mano y me dijo: “Dame el número de tu mamá le voy a avisar que vas vía al Helicoide”, y enseguida otro militar le dijo: “Suéltala que ésta no merece ni estar viva”.

En una celda llena de chiripas

En el Helicoide viví por casi dos meses. No sé cómo salí. Quien entra al Helicoide no sabe cuándo va a salir. Apenas entré empecé a llorar.El olor de ese lugar es deprimente. Yo antes visitaba la cárcel, pero era para llevarles comida a presos políticos. Muchos de ellos marcharon conmigo en el 2014. Pero esta vez me tocó estar dentro, en una celda llena de chiripas con presas comunes. En total éramos 35 mujeres. También había otras detenidas por las manifestaciones.

Dormí casi un mes en el piso. Fue duro porque tengo dos hernias en la columna,  en la L5 y L6, y me daban dolores muy fuertes. Yo dije, “No, yo tengo que pelear para que me den una litera o una cama, donde pueda estar más cómoda”. Duré 15 días pegada en la reja gritándole a los policías que me dieran así fuera un colchón.

No lo niego, hice amistades. Nos poníamos a jugar juegos de mesa: domino, póker, juegos de carta, monopolios, y juegos de preguntas para aprender más. Allí había mujeres abogados, ingenieros, casi todas eran profesionales.

En El Helicoide me hice más fuerte. Aprendí a valorar la vida, a mis padres. Aprendí a cocinar, hasta a leer la biblia. Tuve que lavar con tobos. En esos dos meses solo vi a mis padres tres veces. Mi papá se enfermó y ya no podía viajar seguido, y mi mamá debía cuidar a mis tres hermanas.

El 30 de junio en un tribunal militar me dieron la libertad pero con algunas medidas. Me prohibieron salir de Caracas, tengo que presentarme cada ocho días en los tribunales y no puedo participar en ningún tipo de manifestaciones.

A pesar de todo lo malo que viví no tengo rencor, no tengo rabia. Mi corazón se ha abierto más aunque ahora soy más amargada. Yo misma lo noto. Y sí, ha sido difícil vivir en un lugar donde no decidí estar. Yo solamente vine a Caracas por un mes y ya llevo ocho meses aquí  porque no puedo volver al Zulia, el tribunal militar me lo prohibió y solo por venir a manifestar, por querer un cambio para mi país.

No me arrepiento de lo que hice. No me arrepiento de haber pasado por todo lo que pasé ni de decirlo al mundo. Es primera vez que cuento esta historia completa, nunca me había atrevido y ahora siento que me quito un peso de encima. Esta situación me ha hecho crecer más.

Algo que he pensado mucho es qué voy a hacer después de que tenga mi libertad plena, eso lo he pensado muchísimo porque mi vida ya no es la misma. Cambió totalmente. Cambiaron mis planes. Tengo que empezar de cero, organizarme.

Una de las cosas de las que sí estoy segura que voy a hacer es que alzaré la voz por todos los presos políticos. Quiero ser una activista de los derechos humanos. Siento que mi país todavía me necesita. Quiero hablar por esa gente que no se atreve a hacerlo. Todavía siento miedo de que me vuelvan a meter presa, que me hagan daño o le hagan daño a mi familia pero ¿hasta cuándo vamos a tener ese miedo? Si nadie habla esto nunca se va a acabar.

Por ahora sigo esperando por mi libertad plena. Deseo volver a casa. Llegará el momento que volveremos a salir a las calles o no sé, no estoy segura de que eso pase. Pero si mi país me va a necesitar yo voy a estar ahí.




VPI/LaPatilla

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