Alfredo Maldonado: Tiempo de desastre

Alfredo Maldonado: Tiempo de desastre

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Para quienes se oponen a lo que sea que es este Gobierno de Maduro y compañía, incluyendo bailarines chimbos pero dolarizados como lo que va quedando de Maradona, es vital que muy pocos acudieran a votar masoquistamente para elegir que continúe el mismo barranco de hambre, frustración e incompetencia.

Para los otros, los que ordenadamente acuden a las manifestaciones convocadas en plazas y avenidas, y siempre amontonadas alrededor de una tarima para que las cámaras de VTV tengan alguna utilidad, el planteamiento es diferente, tienen cargos, sueldos, bonos y beneficios que perder, y por encima de hambres y escaseces están sus propios intereses, y sienten que o votan o pierden. Y aún así las ausencias y vacíos fueron notorios, atronadores.





Y están los que sólo aspiran a cobrar los ofrecidos bonos por marcar su voto, los de siempre, en este país siempre ha habido regalos a ofrecer e ingenuos interesados en recibir. Pero ¿acudieron todos? Diría uno en principio que estas elecciones le saldrán baratas al régimen en cuanto a dineros a pagar, y muy caras en lo referente a resultados reales.

Lo que cuenta en verdad es cómo andarán las cosas desde el 20 de mayo por la noche cuando el CNE informe las “tendencias irreversibles” bordadas por ellos mismos según manual rojo de instrucciones, y el país amanezca el lunes 21 con el mismo Presidente rechazado por más personas, países y gobiernos. Porque dado lo que se vio en el país este domingo, ni siquiera toda la importante minoría chavista fue a votar, de acuerdo a fotos, videos y testimonios fue un desastre colosal.

Ahora, con menos dinero a esquilmar y repartir, porque los préstamos impagos lo agobiarán más, las fuentes de nuevos recursos se secarán más, los acreedores serán más duros e insistentes, los vecinos estarán más incómodos tratando de manejar olas diarias de venezolanos que escapan y también, no es cosa de negarlo, hurgando entre esas masas para encontrar profesionales, técnicos y especialistas que les sean útiles ya que el madurismo, emperrado en bailar al desafinado son que está tocando, los dejó escapar. Y ahora este público desastre, el país vacío.

Es por allí por donde va el problema más que en votar o no votar. El CNE decidirá las cifras, Nicolás Maduro y su sancionado olimpo decidirán cuál posición quieren dejarle a Henri Falcón y eventualmente a Javier Bertucci, quizás deliren por una oposición dividida en varias partes. Que ya lo está, de todas maneras, entre los pronunciadores de discursos y politiquerías, y los que dentro y fuera del país sostienen que soy Venezuela y no disimulan que la única salida es la dimisión del Presidente, que tampoco es cosa fácil de decidir, tanta gente colgada de sus enormes guayaberas hacen peso y dificultan algunas decisiones.

Claro, tiene cierta opción preguntarse si el que no es tan confiable es el mismo CNE que sacó cifras millonarias de aquellas elecciones de constituyentes llenas de vacíos, ¿qué pasaría si Nicolás Maduro, como algunos fantasiosos chismean, pierde y abandona el poder? No pasaría nada porque eso no pasará; pero aún si se hiciera realidad –soñar cuesta poco- tendría todavía casi ocho meses para negociar el cambio y un exilio confortable y seguro. Y los negociadores negociarán, verán.

Pero regresemos a la realidad. Esos mismos ocho meses los tendremos los venezolanos para conocer más en detalle la escasez, la moneda fundida y sin valor, las asperezas finales del derrumbe, eso no terminará con un ganador en las elecciones, mucho menos con quien promete construir ahora lo que destruyó antes, pero hace la promesa con el Plan de la Patria en el bolsillo –al menos eso confesó-, que es como comprometerse a un voto de castidad trabajando en un prostíbulo.

Es difícil pensar en dimisiones cuando no se tiene a dónde ir, ni siquiera a Cuba porque sin petróleo a Díaz-Canel le faltan motivos, a los chinos no les gustan los morosos, Ortega tiene ya demasiados problemas y al hermano Evo las montañas podrían venírsele encima en cualquier momento, al menos es lo que parece y no es un riesgo agradable. Quizás a Santos le agrade verlo en Colombia por eso del cachondeo cachaco, pero con Uribe dando vueltas por ahí no es asunto que parezca convenirle, ni siquiera con un pasaporte colombiano en el bolsillo donde también lleve, para recordar tiempos más gratos, un ejemplar manoseado del Plan de la Patria.

O sea, como tantos de nosotros, estancados aquí, a ver qué se puede hacer, cómo resolvemos, porque quienes voten este 20 de mayo tampoco tienen a Dios agarrado por la chiva, quizás algunos hasta se den cuenta de que forman parte de un cuerpo en descomposición y sin patólogos a la vista aunque los zamuros siempre revolotean. Andamos todos amontonados y descontentos, aturdidos y miopes en el mismo Titanic que no necesita icebergs para estropearse, de hundirse se encargan él mismo, el capitán, los oficiales y la tripulación capaces de otear icebergs pero no de sentir el incendio en sus bodegas.

Quienes pasaron un domingo tranquilo en sus casas, igual que los traviesos que grabaron desde sus ventanas la Avenida Bolívar vacía mientras Maduro y compañía bailaban y prometían antes de la hecatombe, guárdenlo porque podría ser el último apacible, en Venezuela no tenemos un Principio de Peter sino de Nicolás, ése que dice que todo lo que puede ir mal irá peor y lo que es peor es lo natural.