“Veo a los jefes de las Farc en Cuba como estrellas de cine”

“Veo a los jefes de las Farc en Cuba como estrellas de cine”

 Jaime Andrés y sus dos hermanos, Juan Sebastián y Daniel, junto a su madre, tras el secuestro. EL MUNDO
Jaime Andrés y sus dos hermanos, Juan Sebastián y Daniel, junto a su madre, tras el secuestro. EL MUNDO

 

Si intentaran volver a secuestrarlo, se llevarían un cadáver. Vivo, lo tiene claro, no se deja coger. “Si vienen a secuestrarme no permito que me agarren de nuevo, más que por mí, por mi familia. No dejo que sufra tanto”, publica elmundo.es.

Jaime Andrés Lozada tenía 17 años cuando las FARC lo raptaron junto a su madre, Gloria Polanco, y su hermano Juan Sebastián, de 15. Solo dejaron al pequeño, Daniel, de 10; su padre, el senador Jaime Lozada, que era el principal objetivo, no se encontraba en su casa la noche del 26 de julio del 2001 en que la guerrilla irrumpió en el edificio de Neiva, capital del Huila, en el centro de Colombia, donde residían.





A los seis meses en cautividad separaron a los chicos de su madre, un desgarro que casi mata de depresión a Juan Sebastián. Por la libertad de ellos pidieron una suma de dinero impagable y a ella la incluyeron en el grupo de rehenes políticos.

Pasaron tres largos años hasta que Jaime Lozada logró pactar con las FARC el pago de una cantidad asequible en mano y el resto a plazos. El julio del 2004 recobraba a sus hijos, pero en diciembre de ese mismo año moría asesinado a tiros, en un atentado de la banda terrorista en el que Jaime Andrés resultó herido.

Tenía 21 años, intentaba superar el drama de su propio secuestro y la ausencia de su madre, y de repente se vio obligado a hacerse cargo de una familia deshecha y a tomar el relevo de su padre en su lucha para que las FARC liberaran a los rehenes políticos. Sólo volvió a abrazar a su madre en 2008, tras haber batido el triste récord mundial de ser la mujer que más años permaneció secuestrada.

Carrera política

“La meta de cualquier secuestrado, el anhelo, es poder salir y reencontrarse con su familia. Yo soñaba con volver a ver a mi mamá, a mi hermano menor y a mi papá. Desafortunadamente esa reunificación familiar nunca se dio”, confiesa en su despacho del Congreso, al que llegó en las elecciones legislativas del 2014, bajo las siglas del Partido Conservador. Siempre quiso seguir los pasos de su progenitor, del que heredó la pasión por la política. “Uno trata de seguir con su vida, de emprender los sueños, pero esas heridas nunca cicatrizan”.

Estudió Administración de empresas en Bogotá y enseguida empezó a escalar peldaños en su partido. Desde que conquistó su escaño, reparte sus días entre las jornadas parlamentarias de martes a jueves y los recorridos por los pueblos de su región todos los fines de semana, rara vez perdona uno. “La política es una locura, es agotador, pero lo llevo en la sangre, como mi padre, lo disfruto. Estar en las veredas, con la gente, escucharlos, echarme un discurso y abrazarlos”.

Viajar por el Huila no solo le deja rendido, también supone un alto riesgo. Alias ‘El Paisa’, el despiadado jefe de la columna móvil Teófilo Forero de las FARC, cerebro de sus tragedias familiares, sigue libre y ejerciendo un fuerte control del territorio. “Soy el más radical de mi familia con las FARC, he sentado posiciones duras y verticales. Cierto que siempre hay un temor y un peligro latentes en mis salidas, mi mamá y mi abuela me piden que no les hable tan duro. Pero no me da miedo, no voy a callar porque ellos quieran”, afirma rotundo. Pese a que su partido apoya los diálogos de Cuba, él es muy crítico.

Diálogos en La Habana

“Los veo como estrellas de cine, se bajan de un Mercedes nuevo, en el Centro de Convenciones de La Habana, como Jefes de Estado, como grandes sabedores de la verdad y adalides de la moral, hablando de la reforma agraria y de cuidar el medio ambiente. Mientras tanto, en Colombia, derraman miles de barriles de crudo en fuentes hídricas, vuelan un acueducto, un colegio, no hacen sino extorsionar a nuestros comerciantes, desplazar a nuestros campesinos, sembrar minas”, afirma. “El Estado les está otorgando más de lo que deberían darle y ellos, habilidosamente, están aprovechando para dilatar el proceso y fortalecerse política y militarmente”.

Hace un año le preguntaron si quería unirse a un grupo de políticos víctimas de las FARC para ir a Cuba y hablar ante las delegaciones de las FARC y el Gobierno. Aceptó con la condición de expresar lo que piensa. No le llevaron.

Hay que preguntar qué paz queremos, ¿una con impunidad donde estos señores no pidan perdón, se rían de sus víctimas, no paguen un solo día de cárcel y salgan directo de La Habana a una curul en el Congreso de la República? ¿O una paz donde ellos pidan perdón a sus víctimas, las reconozcan y, con rebajas de penas, paguen por sus crímenes de lesa humanidad cometidos?”