La fortuna, un mal carácter y su retiro: Los últimos días de Sean Connery en las Bahamas

La fortuna, un mal carácter y su retiro: Los últimos días de Sean Connery en las Bahamas

 

Desde mediados de la década pasada, Connery vivía en un complejo residencial de lujo en las Bahamas. Es donde había fijado su residencia permanente durante todo el año, y apenas la abandona.

Por Javier Blánquez | El Mundo

Sean Connery disfrutó de una de las mejores jubilaciones que alguien pueda imaginar. Decidió retirarse voluntariamente en 2003, después de rodar y protagonizar La liga de los hombres extraordinarios, una película conflictiva en varios aspectos -no tuvo buena relación con el director, y los críticos no le dejaron en buen lugar-, lo que le llevó a pensar a Connery que posiblemente ya hubiera dado lo mejor de su carrera y que acaso no era buena idea estropear un legado que, objetivamente, iba a ser alimento de la mitomanía colectiva durante muchas décadas por venir.

Al fin y al cabo, él había sido en la gran pantalla el padre de Indiana Jones, Guillermo de Baskerville y, por supuesto, el primer agente 007, Bond, James Bond, y para mucha gente el único Bond que vale la pena tener en cuenta. Sean Connery había amasado fama, fortuna, prestigio, cariño, respeto y sin nuevos horizontes apetecibles, y seguramente algo quemado y exento de cierto volumen de ego, decidió de manera pragmática no volver a actuar nunca más y dedicarse a los placeres. Había rechazado unos años antes ser Gandalf en la trilogía de El Señor de los Anillos -señal, quizá, de que empezaba a fallarle el olfato, o de que su criterio actoral estaba muy lejos del nuevo Hollywood-, y le dijo que no a Spielberg cuando quiso hacer la cuarta película de la saga Indiana Jones. Y mientras rechazaba todo esto, recorría su campo de golf.

Desde mediados de la década pasada, Connery vivió en un complejo residencial de lujo en las Bahamas. Es donde ha fijado su residencia permanente durante todo el año, y apenas la abandona por dos motivos. El primero, porque no le apetece: su rutina habitual es jugar al golf, descansar en su terraza, pasar el tiempo con su esposa, la pintora Micheline Roquebrune -un año mayor que él-, y en definitiva dedicarse a gozar con las horas de sol, el clima agradable y los lujos de su paraíso particular. El segundo, porque si estuviera más de 90 días fuera de las Bahamas no podría beneficiarse de las enormes ventajas fiscales que le proporciona residir en el país, razón por la cual Connery no se prodiga en público, apenas viaja a Los Ángeles o su querida Escocia -se le vio poco el pelo cuando hizo campaña por el sí en el referéndum de independencia de 2016, siempre a distancia-, que es, en definitiva, un motivo poderoso para dejar de hacer películas y vivir de sus cuantiosas rentas, que se han estimado en más de 90 millones de dólares netos en cuentas bancarias, sin contar las propiedades

Todo parece un epílogo ideal y merecido para un mito absoluto. Michael Caine, que es de su quinta, sigue trabajando, pero él ya ha tenido suficiente. De Connery es conocido su carácter a veces hosco, su manera directa y cortante de expresarse, pero esa brusquedad no ha minado la imagen de galán seductor y magnético que le ha acompañado desde siempre.

Sean Connery consiguió que no trasciendan apenas aspectos de su vida privada. Quienes le conocen hablan de un hombre con un temperamento fuerte, algo controlador, dominante, pero a la vez dotado de un sentido del humor muy británico, negro y cínico. Antes de casarse con su actual esposa, mantuvo una relación matrimonial de una década con la actriz Diane Cilento, de la que se separó en 1973 y con la que tuvo a su único hijo, Jason. Diane acusó en un libro a Connery de haber sido un marido controlador y con algún arrebato impulsivo, lo que estaría en la base de su mala relación y la ruptura definitiva. Es, en todo caso, el único testimonio perfilado sobre esa parte oscura de su carácter, más allá de la flema visceral que dejaba traslucir en los rodajes, alternándola con episodios de exquisita educación y encanto.

Sean Connery se fue a las Bahamas porque las condiciones fiscales eran más atractivas en el Caribe -y el ruido mediático mucho menor-, y lo hizo envuelto en polémica: Hacienda le investigó por evasión de impuestos en España tras haber participado en una operación de compra-venta de apartamentos de lujo con una decena larga de socios, sin que los papeles parecieran estar en regla, una pesquisa de la que fue exonerado (se le investigó, pero no se presentó ninguna acusación), pero que sí salpicó a su mujer, que fue señalada por defraudar al fisco español y citada a juicio en 2015 -del que no ha vuelto a haber noticias-. Percances que, desde el edén de las Bahamas, la pareja seguramente vió sin demasiada preocupación.

 

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